Wednesday, September 02, 2020

Las armas que no disparamos

 Acá dejo libre el acceso al libro de cuentos Las armas que no disparamos. También enlaces a las respuestas de la crítica.

Libro: Las armas que no disparamos

En Scribd: https://es.scribd.com/document/474824100/Guajardo-Mario-Las-Armas-Que-No-Disparamos

Reseña de Patricia Espinosa

Reseña de Gerardo Soto

Reseña de José Promis

Reseña de Alejandro Lavquén

Portada de Carlos Vergara Casanova:

Tuesday, August 04, 2020

Una mano por lo menos

*Este cuento mereció una mención honrosa en el concurso de cuentos Stella Corvalán 2019*


Uno de los últimos días del invierno de 1988, mi mamá decidió separarse por un tiempo de mi papá y nos mudamos donde unos tíos de ella. Recuerdo muy bien esa tarde porque, apenas bajó del colectivo, mi mamá se echó a llorar en brazos de la tía Silvia. No quería ser testigo de su llanto y observé el pasaje. Medía lo justo para que entrara o saliera un auto. Cuando el colectivo se alejó por el otro extremo, un grupo de niños reanudó su juego, interrumpido por nuestra llegada, el cual consistía en correr detrás de una pelota de básquetbol, aunque no se veían aros por ningún lado. Ninguno se percató del sufrimiento de mi mamá. En esa época, era reglamentario entre los niños ignorar el dolor de los adultos.

     La niña líder del grupo, una niña de ojos pardos muy lindos, se me acercó: —Me llamo Úrsula. Ellos son Paula, Andrea, Daniel y Patito. —Me miraron, sonrieron y continuaron corriendo en su juego sin objeto. Entonces vi a Patito con la pelota. Le daba botes de una manera extraña, con fuerza descontrolada, no con ese delicado vaivén de la palma abierta como hacían los demás sino con el puño, lo cual era imposible, pues a Patito le faltaba la mano derecha. Era como el otro extremo de los brazos de las muñecas cuando se los arrancas del cuerpo. Algo tenía en vez de una mano, pero no pude visualizarlo porque Úrsula me tomó del brazo, me miró con los ojos muy abiertos y me susurró con energía:—No mires tanto a Patito. La regla es nunca hablar de eso. Vamos a jugar.

     Me uní a ellos. Para no mirar a Patito, traté de comprender eso que llamaban juego. Como no había aros, se trataba de darle botes a la pelota y evitar que los otros te la quitaran. No había un antes ni después. Nadie podía ganar, pero sí daba la impresión de que al término perdían todos. Quizá podías estar ganando, pero nunca ganabas efectivamente. No estoy tan seguro de llamarlo juego, pero no sé nombrarlo de otro modo. Hacemos lo que podemos con las palabras que tenemos a mano, aunque estas sean pocas o inexactas. No alcancé a tomar la pelota porque mi mamá, que ya no lloraba, me llamó para tomar once. Me despedí de mis nuevos amigos esforzándome por no dirigir la vista a la mano ausente de Patito.

     Como llegaba muy tarde del colegio, veía poco a los niños del pasaje. Algunos fines de semana me quedaba con mi papá. Los pocos sábados o domingos en que no hacía tanto frío para estar en la calle, Úrsula y los demás salían y me sumaba a perseguir el balón de básquetbol sin aro donde poder encestar.

     Un día cometí el error de quitarle la pelota a Patito. Nadie me lo había dicho, pero otra regla no escrita del juego era que a Patito se lo dejaba dar botes tranquilo, sin molestarlo, hasta que perdiera el control de la pelota. Recién ahí los demás podíamos proseguir. En las rarísimas ocasiones cuando Patito le quitaba por fin la pelota a alguien, los demás fingían querer recuperarla, aunque en realidad lo dejaban hacer sin intervenir. Cuando se la quité, todos pararon en seco. Sin decir nada, Úrsula me arrebató la pelota y se la devolvió a Patito. La ficción de su juego continuó como si nada.

     —A Patito no le quitamos la pelota —me aclaró—. Nunca. No lo vuelvas a hacer.

     No dije nada. Estaba enojado, pero me limité a asentir con la cabeza y seguí corriendo.

     Esa noche, antes de dormir, pensé mucho en lo sucedido. Me parecía estúpido. ¿Cuál era la gracia de jugar básquetbol si no había dónde encestar? ¿Por qué tantas consideraciones con Patito? Tenía una mano por lo menos, podía arreglárselas. Afuera, en el mundo real, otros niños no dudarían un segundo en quitarle la pelota. ¿Por qué disimular lo evidente? Poco antes de dormirme, sin embargo, sentí lástima por él y por los demás. Después de todo, ¿qué haría yo si me faltara una mano? ¿No era cierto que, como mi mamá decía, pronto nos iríamos de esa casa? Además, yo muy pronto podría escapar del falso juego, pero Úrsula y los otros niños se quedarían ahí para siempre, pendientes de la mano fantasma de Patito. Entonces decidí que la única solución posible, ya que no podía ser como nosotros, era que nosotros debíamos que ser como él.

     Al otro día, salí a jugar con esa resolución. Le quité la pelota a Paula, cerré el puño y comencé a aporrearla para darle botes al estilo de Patito. Era muy difícil. Valoré su control del balón, aunque fueran unos pocos segundos, porque a mí se me escapaba la pelota a los dos o tres rebotes. Sin utilizar la palma y los dedos extendidos, no había control posible, solo golpe tras golpe. Ocupado en esa tarea, no me di cuenta de que todos se habían parado en seco, como la vez anterior. Quise explicarles, pero antes de poder decir nada, Patito comenzó a llorar. Andrea y Daniel intentaron consolarlo, sin conseguirlo. Úrsula le entregó el balón. Nada, seguía con su llanto. Alertados, los adultos salieron. Mientras algunos intentaban contenerlo, otros preguntaban qué había ocurrido. Úrsula me señaló:

     —Se estaba burlando de Patito.

     Me miraron como si le hubiese arrancado recién la mano. En eso apareció mi mamá, que alcanzó a escuchar las palabras de Úrsula, me agarró de una oreja y me arrastró hasta la casa.

     —¡Cómo se te ocurre burlarte de ese pobre niño! —me soltó al entrar.

     —No me burlaba —me excusé—, quería jugar como Patito.

     Mi madre se llevó una mano a la boca y frunció el ceño; con la otra, me dio una cachetada.

     —¡Cómo te atreves a pensar en eso! —gritó desde detrás de su mano—. Patito es perfectamente normal.

     Me arrojó al sofá de un tirón. Con el orgullo y la razón heridos, soporté las miradas reprobatorias de ella y de los tíos hasta la hora de acostarme.

     Esa noche soñé que iba junto a los otros niños detrás de la pelota, como siempre, y desde el cielo o desde la nada una mano de adulto gigante bajaba al pasaje e intentaba asirnos. El juego se detenía como cuando pasaba un auto, luego continuaba. Al descender la mano, todos corríamos por nuestra vida, excepto Patito, que se quedaba quieto, esperando que lo agarraran, lo cual nunca ocurría porque la mano lo ignoraba. Mientras jugaba, me angustiaba pensar que él deseaba ser apresado quizá para que le arrancaran el brazo como a una muñeca, se lo invirtieran y así apareciera por fin su mano perdida. Al final del sueño, Patito me dijo: —No pasa nada. Es perfectamente normal.

     Durante las Fiestas Patrias nos fuimos de vacaciones a nuestra casa, con mi papá. Casi era primavera, pero llovió toda la semana y me pasé los días frente a la televisión. Faltaba poco para votar Sí o No por los militares, explicaban en los noticiarios. Era extraño, porque mis padres no mencionaban la cuestión, y en mi familia por regla general se comentaban los temas impuestos por la pantalla.

     Tampoco se tocaba el tema en público. En el viaje de vuelta a la casa de los tíos, en el colectivo una señora le preguntó al chofer si votaría por el Sí o por el No.

     —Ah no, señora, el voto es secreto —-se rio. Mi mamá también rio. Le pregunté de qué se reían y por qué el voto era secreto. Ella me tiró de la oreja, ellos rieron con más ganas y no se habló más. Supuse que era una de esas reglas para situaciones como la mano de Patito y no volví a hacer preguntas.

     No vi a los otros niños hasta el día de la votación. Los tíos salieron temprano por la mañana. Cuando volvieron, mi mamá les contó que todo estaba arreglado con mi papá. Pronto las cosas volverían a la normalidad. Ellos se alegraron, pero le sugirieron tomarse el tiempo necesario para pensar bien las cosas. Mientras hacían hincapié en que no era problema tenernos ahí, noté que ambos tenían el dedo gordo de la mano derecha muy morado, como si se los hubiesen apretado de un portazo o como si se los hubiesen martillado repetidamente. Me pregunté quién sería capaz de dar un portazo tan fuerte o de martillar de esa manera para dejar un moretón tan exagerado. Por alguna razón, recordé mi sueño con Patito y la mano gigante.

     Después mi mamá fue a votar y aproveché de salir. Afuera jugaban Úrsula, Patito y los demás niños. Dudé en acercarme. Había tenido demasiados problemas por la simulación de juegos y manos que en realidad no existían. Sin embargo, Úrsula me lanzó la pelota a los pies.

     —Ven a jugar —me ordenó sonriente.

     Me obligué a olvidar y me uní al grupo. Recién entonces comprendí la finalidad del juego. Corrimos y dimos botes durante varias horas, sin preguntas, sin incomodar a Patito con miradas o cuestionamientos inoportunos. Hasta que la vi por primera vez.

     Yo llevaba la pelota y Patito intentaba quitármela, atravesando su mano fantasma en mi camino. Donde Patito no tenía mano, aparecieron dos porotitos de piel escarificada, dos ampollas grotescas, como dos dedos floreciendo en la primavera que todavía no se manifestaba. Me quedé mirando. Úrsula había dejado de correr y me miraba con los ojos muy abiertos. Así, a través de miradas, mientras los demás continuaban con el juego, le pregunté qué ocurría. Sus ojos respondieron que era mejor no hacer preguntas y siguió corriendo. Afortunadamente, en ese momento los adultos volvían de votar y nos llevaron adentro. Todos traían los pulgares morados, exhibiendo el mismo golpe monstruoso sobre el pulgar.

     En la casa de los tíos, mientras almorzábamos, se me ocurrió preguntar qué habían votado. Al contrario de las personas del colectivo, nadie se rio. Mi mamá siguió pinchando ensaladas con el tenedor. La tía se limitó a respirar muy fuerte por la nariz. El tío masticó muy lento la comida dentro de su boca y me clavó los ojos. Cuando terminó de masticar, tragó y me explicó que se votaba por los militares o por la democracia. —Yo voté por la democracia —dijo desafiante. Mi mamá calló. La tía insistió en eso del voto secreto. No se habló más. Cuando terminé de comer, salí y esperé a los otros. Había sol. Era el primer día de sol desde el comienzo de la primavera, el quinto día de octubre de 1988. Salieron Patito, Paula, Andrea y Daniel. Fingí jugar con normalidad. La última en aparecer fue Úrsula. Le aparté y le pregunté qué estaba pasando, si había visto lo que yo.

     —No vi nada —trató de reírse.

     —No te creo —la confronté— dime o yo mismo trato de averiguarlo.

     —Ni se te ocurra —chistó. —Nosotros tampoco sabemos. Hace unos días le aparecieron esos… no sé cómo llamarlos… esos como dedos.

     A pesar de la mueca de asco, sus ojos seguían siendo pardos y lindos. Aún no terminaba de cuajar esta idea en mi conciencia cuando Patito comenzó a gritar. Me alegré porque, al menos esta vez, el causante del llanto era otro. Al mismo tiempo, me asusté porque los demás niños desviaron la vista, se llevaron las manos a la boca como adultos asustados y comenzaron también a llorar. Úrsula corrió donde Patito y lo abrazó. Lo envidié dos segundos y entonces lo vi: le crecían dedos. La mano ausente germinaba por fin. El vacío ya no era vacío. El monstruoso responsable del miembro desaparecido retrocedía en sus designios y creaba una mano donde antes había apenas dos verrugas. Digo mano por decir algo, porque desde el muñón a Patito le brotaban unas carnosidades, unos callos, unas como ramitas de un árbol, pero como las ramitas corruptas, débiles y frágiles de un árbol podrido. Patito desgarraba el pasaje con gritos de dolor o de incomprensión, tal vez ambas. Sus padres fueron los primeros en salir. Me miraron a mí con furia y luego a su hijo con horror. Al enfrentarse con esa promesa o maldición de mano de inmediato supieron que yo nada tenía que ver. Luego salieron los demás adultos. Alguien ofreció llevarlos al Hospital. Muchos minutos después de que lo subieran al auto y hubiese desaparecido a toda velocidad en él, todavía me parecía escuchar los gritos desesperados de Patito inaugurando el sol tibio de esa primavera. Niños y adultos entraron a las casas. Úrsula quiso quedarse a mi lado y yo quedarme al lado suyo, pero su mamá la llamó. Ya era hora de entrarse. Mi mamá me gritó lo mismo. Era momento de separarnos para siempre, aunque no lo sabíamos. Entonces ella me preguntó:

     —¿Te fijaste?

     —¿En qué?

     —Todos los adultos tenían los pulgares morados…

     —¿Sí?

     —…menos los papás de Patito.

     Medité unos segundos sobre qué podía significar eso. O bien los padres de Patito no votaron ese día, o bien se cuidaron de lavar sus manos con cuidado y esmero después hacerlo. Sin saberlo, miré a Úrsula por última vez. Al otro día me iría a mi casa para siempre. Los tíos de mi mamá se mudarían un par de meses después y jamás volvería a pisar ese pasaje.

     —Hay que hablar de la mano —dije. Quise sonar como si lo exigiera, pero soné como si lo solicitara. De saber que no volvería a verla, habría dicho otra cosa más inteligente o más emotiva. Pero dije eso: hay que hablar de la mano. Sin saber que así nos despedíamos, mientras caminaba de vuelta a su casa, lo último que me dijo fue:

     —Es una mano por lo menos. 


Wednesday, September 11, 2013

LA ESQUINA DE GINO GÁLVEZ

* Estaba esperando una publicación de este cuento en una página de mayor difusión, pero nunca pasó. Hoy, 12 de septiembre, me parece pertinente asomarlo. 

Fuera cual fuera la hora, el muchacho lo veía siempre como recién llegado, envarado en sí mismo. Una Báltica o Cristal en lata, la barba bíblica y carcelaria, a veces un cigarro consumido a medias adornándole la sonrisa trabajada para irradiar una cortesía que podía ser tanto fingida como real, invariable como la camisa celeste, una de esas camisas exiliadas en la ciudad, de las que se verían mejor sobre el cuerpo de un campesino bajo el sol de la siembra, y la chasca estilo de Gino Vannelli, que nos hizo olvidar su nombre real, Pedro, quizá Jorge o Luis, pocos se acuerdan. Podría decirse que la esquina era suya, pero es mejor exagerar que la esquina era él: Gino Gálvez, la esquina noreste de Avenida Grecia y Los tres Antonios, donde al decir de los más viejos comienza el Oriente de esta ciudad, aunque tomando en cuenta la cantidad de restaurantes chinos se puede decir que acá empieza el Oriente del mundo entero. A ellos, a los abuelos, les fascinaban y les abundaban ese tipo de frases donde todo comienza o termina, frases que cuando niños nos parecen decretos de ley, mantras o conjuros perentorios, y que más tarde se revelan como fortalezas o mansiones inexpugnables a las que si pudiéramos les prenderíamos un fuego literal. Así nos pasó a muchos con el Gino, la esquina y la ridiculez de esa frontera. Porque todos crecimos con el peso nocturno de la esquina, aunque de a poco ese peso dejaba paso a la levedad más brutal, cretina e indiferente. Y claro, el muchacho de este cuento, como tantos, nunca había pensado en todo esto con más detención que la escasa que se merece todo lo que nos parece ridículo. Hasta el día que conversó con el Gino.
             Al Gino lo conocían todos en esas tres o cuatro manzanas donde se encuentran los últimos blocks de tantos que rodean el estadio- ese recinto yeta, cenizo y aguafiestas cuyo nombre no quiero decir, un puñado de cemento vanidoso, viviendas sociales construidas por los últimos vascos beatos del país, de los que además de colgar fotografías del padre Hurtado en sus paredes, procuraban también mantenerse al tanto, más o menos, de lo que publicaba, y que por si fuera poco escandalizaban a sus amistades cuando lo defendían cada fin de semana en cenas con cuya comida se podían alimentar todos los patroncitos huachos del Mapocho por un mes; digamos que esas buenas gentes intentaron acercar los extremos de la ciudad y, por qué no, del país entero; edificaciones valientes y orgullosas en confundir lo inconfundible, en igualar el más y el menos, donde de uno a otro lado son distintos los gestos que otorga la experiencia, otros los juegos infantiles y los afanes del vestir, otras también las frases y expresiones que en vano cruzan desde y hacia los blocks del Gino, de un lado hacia el otro de Avenida Grecia, de los blocks a las casas aisladas con antejardín, y de vuelta de los antejardines al block en un etcétera más allá de cualquier tiempo mental- pero estaba diciendo que en esas últimas tres o cuatro manzanas de blocks todos lo conocían, también el muchacho, aunque para él era como un dibujo perdido en manuscritos de una leyenda que nadie podía ni quería ni tenía por qué contar. En la matemática de los demás habitantes, el Gino siempre daba igual.
            Ese día, el muchacho se enteró que la madre y los hermanos del Gino, cuando éste no era ni Gino ni Jorge ni Luis ni nada, nacieron y crecieron todos en el mismo departamento, no muy lejos de la esquina donde termina la calle José Domingo Cañas, la cual debe su nombre a un oligarca- fue la primera vez que oyó la palabra- que se vanagloriaba de ayudar a los pobres a mediados del siglo XIX, una esquina verde, amplia, con árboles que no se dignarían a crecer a la sombra de ningún block, ahí nació y creció para otros fines el padre y los hermanos de una de sus ex novias, en una casa cuyo terreno ostenta unos 500 m2. Ni la aparente vecindad ni los esforzados revolcones juveniles sobre su cama consiguieron que ella dejara de fruncir el ceño, ladear la cabeza y luego sonreírse con ternura- o condescendencia- cada vez que el Gino conjugaba, según la ocasión, el verbo azkurrir- así, con zeta y con ka, como lo escribe David Aniñir, le dijo el Gino. No lo asimiló ella y no lo han asimilado los diccionarios, así como él jamás salió del block- a pesar de algunas estadías en el litoral o en alguna comisaría- ni ella de esa casa- a pesar de sus viajes por Estados Unidos, Europa y la India: cada uno se ha mantenido metáfora de cada uno, del otro y de todo lo demás. En ese y otros puntos conocidos o no, fueron y morirán incomprensibles y extranjeros el uno para el otro. En fin, se puede concebir, pues pareciera que el destino aquí tira los dados solo y rudo, que en esa apertura sinuosa del otro lado, reflexionaba el Gino, los años, el liceo técnico contable, lo hayan acuñado a él y su historia en esa esquina, a todos quienes heroicos y serviles sostenemos el velo eficaz, el abismo invisible que divide tanto esta ciudad como el resto del terrario, de la hacienda grande, o sea el país. Así más o menos habló el Gino.
            En ocasiones, le conversaba al muchacho ese día, el problema asomaba la coronilla en sobremesas que se extendían más de lo recomendable, en conversaciones de ancianas prematuras que intentaban ocultar su desesperación de fin de mes al llegar a un almacén, y hasta el día de hoy, le dijo al muchacho mientras abría los ojos como para escupirlos de sus órbitas, si se presta atención suficiente, aunque se necesita un tipo de atención para la cual nadie tiene tiempo, se ve que sigue asomándose con su gorrito de bufón. Pero cuando trabaja el tiempo, decía el Gino volviendo a cerrar los ojos, al adulto en que a pesar de todo nos convertimos deja de importarle, en la misma medida en que algunos nos acostumbramos a marcar tarjeta, a marcar el paso; del mismo modo que terminamos por olvidar las moscas sobre el almuerzo verano tras verano. Al escuchar esto, el muchacho pensó cuántas veces se quejaba de la mierda que comía pero no dijo nada. Pero volvamos al comienzo de la conversación.
            La esquina del Gino da inicio a una cuadra que permite proveerse de todo lo básico: dos almacenes de abarrotes, una librería con artículos de oficina, una reparadora de calzado, una lavandería, un local de videojuegos siempre renovando su ruina y dos botillerías; en ese orden, de Sur a Norte, todos en el primer piso del block N° 8, el Block del Hambre, que era el nombre que le daban todos sin saber muy bien por qué. Las botillerías justificaban cada movimiento del Gino, eran su centro gravitacional desde el momento en que salía de su departamento y cruzaba los blocks de la Santa Casandra con el único fin de mendigar lo suficiente para las dosis alquímicas de alcohol y tabaco, justas y necesarias- dijo esto juntando las manos como para rezar pero le salió un aplauso- para sostener la embriaguez de su esquina, de sí mismo. De vez en cuando alguien lo veía comer algo, y así lo dijo: De vez en cuando alguien me ve comer algo. Su vida la caminaba desgastando todas las formaciones y deformaciones rectas o curvas posibles entre esos tres puntos, su departamento, la botillería, la esquina; él le otorgaba la conciencia a esa cuaternidad indescifrable, la cual es fútil y prescindible para profanos y turistas, pero sagrada y angular para quienes sabemos que es eterna. Eso le dijo el Gino al muchacho antes de contarle la historia de esa eternidad.
            Esa tarde el muchacho volvía del liceo como siempre, cansino, abúlico, odioso; cansancio de todo, abulia por todo, odio contra todos. Decidió, no se sabe por qué, interrumpir al Gino y su esquina, aunque decir que lo decidió convierte esto en ficción, y más exacto sería decir que fue la esquina la que lo decidió y lo interrumpió; no pudo eludir al Gino y su sonrisa pedigüeña, ensayada y cotidiana, sino que le ofreció compartirse un par de cervezas, los cinco cigarros que se apretujaban en su bolsillo y conversar un momento. Sorprendidos los dos, el Gino aceptó la propuesta con otra sonrisa, esta amplia y generosa en dientes amarillos y ausentes en partes iguales, un par de palmadas suaves al hombro y casi gritando ¡Por supuesto, hermanito! ¡Pa qué más!
            Primero conversaron sobre los blancos del odio que ambos compartían, y luego de la vida del otro, siempre amables y distendidos. Resultó que el Gino no sólo conocía muy bien la esquina y el barrio, sino también a la familia del muchacho: fumó marihuana junto a uno de sus tíos, se había peleado a puñete limpio, según él, con otro por algo de fútbol, ayudó a su abuela incontables veces a trasladar bolsas de supermercado, se había enamorado, como el muchacho durante su  niñez, de la única tía, acompañó al abuelo al fútbol tantas veces, cuando el Cacique jugaba en- y este es el nombre que le dio el Gino- el Coliseo de la Mala Cuea. 
            Cuando le contaba sobre la eternidad de la esquina, en un momento de semi-borrachera en que hablar de eternidad es algo muy serio, le dijo Te voy a contar cuando se hizo eterna, y luego de una fumada extensa, como si ese humo le permitiera continuar, agregó Todo era medio normal hasta que me tocó vigilar esta mierda de esquina, dijo mirando al suelo como para que éste le confirmara que sí, como si le dijera que ahora sí era un buen momento para el relato. Y  todos dejaron de hablarme, de hablarme como a alguien normal. Sin dejar oportunidad a preguntarle Qué dijiste, le contó que en la noche del 11 de setiembre- así lo pronunció, como su abuelo, escupiendo la T, desterrando la P, no queriéndose acordar del año- su contacto con el partido- no especificó cuál- golpeó su puerta y al abrir encontró un papel, una nota cifrada con instrucciones. El papel- que le pareció anémico, mezquino, cotidiano, y aun por lo mismo le pareció que se burlaba- lo exhortaba, en siete palabras inteligibles sólo para él, a vigilar desde la azotea del block número 8, el block del hambre, ahí en la esquina de Los tres Antonios con Avenida Grecia, a mantener limpia y segura su calle hasta la llegada del General Prats desde el Sur. Dudó el tiempo justo para que ahora podamos decir que actuó con decisión y rapidez: sacó la Mitihueso- por Smith & Wesson, especificó, aunque el muchacho no sabía de armas- de la caja de zapatos bajo su cama, una matagatos Model 41 de calibre 22, oxidada, más vieja que la esperanza; vistió su chaqueta de cuero, cogió un pan a medio endurecer de la panera sobre el comedor, y sin despedirse de su madre salió a ocupar el puesto que la Historia, sí, con mayúscula, enfatizó sin ironía ni sarcasmo, le había deparado desde siempre. Había que defender la Revolución, con mayúscula también. Dijo que tal vez en ese momento, desde que cerró la puerta y mientras corría desde su block al Block del Hambre, recargó tanto la conciencia que se volvió así como era, medio loco, en mitad de la noche todavía y siempre cálida en la memoria, agazapado, tendido boca abajo como desapareciendo tras la copa de agua, y dándose cuenta que acariciaba la Mitihueso tiritándole al extremo de la otra mano, mirando de vez en cuando hacia la calle para ser el primero en saludar la avanzada de Prats, o de los leales Pickering y Sepúlveda, creyéndose en primera línea, adivinando o creyendo en los compañeros de lucha supuesta y debidamente guarecidos en sus propias azoteas y patrullando alrededor de las copas de agua en sus respectivos blocks, dispuestos a matar y morir sin dudas. Y las preguntas de entonces las repitió ahora y para siempre en su conciencia, la cual se confundía esa tarde con el ruido constante del paso de los vehículos sobre la calle: ¿Cuántos éramos? ¿Decenas? ¿Centenas? ¿Millares por toda la ciudad? ¿Todo el país? ¿Dónde habrá comenzado la resistencia? ¿Dónde habrá de terminar? ¿Dónde murió el primero y dónde morirá el último? Dónde apuntar, dónde ocultarse si era necesario, por dónde emprender la huída arbitraria, instintiva. A veces todavía le parecía estar ahí, pero de inmediato lo desechaba como alucinaciones, como cosas más literarias o de película, agregó. No sabe por qué, pero cuando pensó en la resistencia sólo pudo imaginar adolescentes; pensó en todos sus amigos y familiares más jóvenes, militantes y no militantes, y ese pensamiento los ubicó a todos ellos sobre una infinidad de blocks estratégicos a través del país completo. Se tranquilizó. Recién pasados varios años se le ocurrió que eso era espantoso, ridículo y profético al mismo tiempo.
            Todas las conjeturas estallaban en la noche sospechosa en su silencio cómplice. Escuchó o creyó escuchar aviones, helicópteros rasantes, escuchó o creyó escuchar tanquetas, escuchó o creyó escuchar la resistencia en pleno, las órdenes de la comandancia central, el metálico traquetear del Destino con mayúscula- el muchacho se resignó a aguantar la risa ante esas mayúsculas- del suyo y el de todos. Pero el silencio, un silencio que fue como un simulacro triste pero fidedigno de la nada, era la única respuesta. Caviloso- el muchacho se resignaba a no comprender ni poder memorizar ciertas palabras- atisbó una sombra bajando rauda del block de enfrente, que bien podía ser un fantasma en carrera desesperada hacía el vacío o hacia el paraíso o bien una rata de vuelta a la cloaca de la cual se arrepentía de haber salido. Pensó que podía ser un enemigo. Sin olvidarse pero tampoco sin sopesar los peligros, supo de inmediato que debía seguirlo. Esa sombra era un peligro. Bajó a su vez las escaleras, tan rápido que le dio la impresión de la inmediatez. Escuchó su corazón, los pasos del que huía, ambos al ritmo de la Historia, o de la Derrota, que es lo mismo. Y corrió y gritó tras el fantasma, la rata, el enemigo. ¿Qué esperaba? ¿Qué pretendía? Salvarlo. Rescatarlo del pozo negro al cual se abalanzaba. Corrí y grité con toda la fuerza que tenía en esos años, dijo. De pronto me di cuenta que corríamos en línea recta, pero también en círculos. Recto, hacia adelante, y sin embargo circular, de vuelta al punto de partida. ¡Como la canción de La Renga, como la Historia, hermano, se me repitió esta cuadra, tres, cinco, diez, absurdas veces, siempre tras el fantasma y tras la rata cobarde, infame, sin rostro! Después de la botillería, por ese pasaje a la derecha, tres cuadras al Oriente, después giraba al Norte, dos cuadras y otra vez aquí, en esta esquina. No me lo crees, pero así fue. No sé si fueron minutos u horas. Quizá hasta el amanecer. Y del fantasma nada. Lo perdí en una de las tantas vueltas. Volví a mi puesto de vigilancia y en el camino sentí que me arrojaban un balde de agua fría, agua polar, y se me ocurrió que en realidad eso que había visto me perseguía a mí. No sólo me perseguía, sino que ya me había alcanzado y me observaba. Corrí de vuelta, subí, y quise revisar la Mitihueso por si acaso los milicos o los niños. No me preguntes por qué niños, pero pensaba en ellos mientras imaginaba a uno de Patria y Libertad apuntándome con una sonrisa y una Luger, una Parabellum. Sentía que la rabia me quemaba, me olvidaba del agua polar, quería matar a varios en nombre de Allende y tenía que estar preparado. Y abrí el arma. Y ahí se me apagó la rabia ¡Dos balas, hermano, me dejaron dos putas balas! ¡Un pendejo de diecisiete años con dos balas!¡Los muy hijos de puta! No pude pensar en nada. Ahí fue como entrar al vértigo de un torbellino de blancura y entrañas escondido en un balde. Insalvable. Y ahí me quedé. El Gino calló y ambos aprovecharon la pausa para beber.
            Estaba solo. Las ratas huyeron, pensé, seguía diciendo el Gino, y me quedé solo. Nunca hubo nadie en las azoteas, nadie defendía porque no había nada que defender. Nos quedamos solos, hermano, en todos los blocks del barrio, del país. La ratas nos comieron la carne y se disfrazaron con nuestro pellejo, éramos todos la misma mierda, ¡pá!, al fondo del balde. El Gino construyó un silencio grave entre lo dicho y lo por decir, apurando lo último de la lata de cerveza. Continuó diciendo que se quedó solo porque también él había huido, como todos, que no era diferente. El muchacho creyó que lloraría, pero no, el Gino sólo sonrió ese día y miró por el agujero al fondo negro de la lata. Y bueno, así termina la historia, conmigo en esta esquina, dijo, recorriendo la misma cuadra una y otra vez. ¡Y claro, los chacales en el poder, colorín colorado! Carcajeó.
            Hasta aquí el muchacho podía entender al Gino, seguía su hilo aunque no conociera ciertas palabras- sobre todo esas con mayúsculas-, creía en su punto final, percibía algo detrás de lo que decía, como la pulpa de esa fruta exótica que era su cuento. El muchacho paseó la vista a su alrededor y disfrutó ser parte en ese momento de la esquina y de la Santa Casandra. Al contrario de lo que creyó, nadie los miraba. Algunos volvían del trabajo y seguro no pensaban en nada, mientras un grupo de niños corría tras una pelota invisible, que sólo pudo adivinar en ese vistazo. Quiso decirle al Gino que era una gran historia, aunque tenía que aclararle algunas cosas. Pero como una vida de pérdida, fracaso y derrota no es ningún cuento, y mucho menos termina cuando uno se lo espera, el Gino continuó, debía llegar morderse la cola y culminar su sinrazón, el disparate que encarnaba, encontrarse y perderse en sí mismo una y otra vez. Más o menos así habló el Gino.
            Dijo que desde ese momento comprendió que esa esquina fue siempre sólo para él. Asumió el deber de cuidarla primero y recorrerla luego para siempre, de atravesarla una y otra vez en busca de la rata y del fantasma. Mi destino y el tuyo, el de todos nosotros, los de este lado, insistió. El desatino, mejor dicho, pensó decir el joven, pero calló la broma. Le entregó la última lata para que rematara pronto. Había bebido y escuchado suficiente. Necesitaba reposo y la historia del Gino se había tornado demasiado seria y pesada.
            Al día siguiente el Gino volvió a recorrer la cuadra y ocurrió lo mismo de la noche anterior. Una, dos, tres, diez veces. No se sorprendió. Con el tiempo se sucedieron las dudas y las conclusiones, la desesperación y la calma. Imaginó si las repeticiones, al recorrerse, dibujarían ciudades enteras, variaciones de la nuestra, pero desistió ante el despropósito de imaginarse no sólo ya ciudades ausentes, sino mundos ausentes, universos múltiples dependientes de la deriva de un cuerpo en una cuadra que da risa. De todo lo ideado, la imagen que más lo estremecía y lo sacudía en sueños era la de posibles otros, inconcebibles y absurdos Ginos transitando, equidistantes y reiterados, unos detrás de otros en un perpetuo ahora. La única solución probable a este delirio es la siguiente, sentenció el Gino: la esquina, la cuadra, quizá la manzana y el barrio completo, eran un punto ilimitado y periódico del espacio-tiempo, condenado a repetirse hasta el infinito con ligeras o pesadas diferencias, según el caso. Si el muchacho fuera otro, habría sospechado y se habría echado a reír de esa frase tan desmesurada y libresca. Pero sumido como estaba en su borrachera, creyó entender a medias las sutilezas del universo que en ese momento adherían un eslabón con el siguiente y lo rodeaban. Pero una falda ajustada a unos muslos que parecían a punto de explotar de palidez y carne, un bocinazo agorero, una bandada de palomas alzando el vuelo sobre su cabeza, el ladrido rabioso de un quiltro, etc., cualquier movimiento dentro del cosmos, por leve que fuera, servía para distraerlo y protegía el instante del desajuste, de una inalcanzable comprensión.
            Estaba perdido entre el aliento alcohólico del discurso del Gino y el de su silencio respetuoso. Sabía que tras sus palabras había una profundidad, un balde al que él recién se  asomaba, algo que germinaba y crecía en él, pero no terminaba- no podía terminar- en él. Para ser justos, borracho como estaba, no lo pensó pero sí lo sintió, se lo decía su estómago. Así como la esquina era sólo para el Gino, al estómago del joven le pareció que esta historia no era sólo suya. Una esperanza elegante se concretaba en ese encuentro, junto a la borrachera y gracias a ella. El Gino lo miraba como esperando las preguntas. Pero el estómago y el mareo y las náuseas obligaron al muchacho a sonreír y agradecer el momento, a prometer un pronto reencuentro. El Gino lo miró como se mira a un viejo conocido que se levanta de la memoria y aparece al otro lado de la puerta de una micro o un vagón que parte con nosotros, alguien a quien no alcanzaremos jamás a saludar, como alguien que debe volver al purgatorio de su pasado. Le sonrió con la mitad del rostro y le dijo Hasta siempre, cholito, ahí nos tamos viendo. El joven y su estómago obviaron el hecho de que sólo su abuelo lo llamó de ese modo alguna vez, y sólo en ese momento se dio cuenta que el Gino no sabía su nombre pues él nunca se lo dijo. Consideró que eso era insignificante, que su nombre era insignificante en esa historia y siguió su camino.

            Al otro día volvió al liceo, todavía mareado por el Gino y las cervezas. Por dos o tres semanas no pasó un instante en que la historia del Gino no se le colara por entre cada una de sus ideas. Mucho tiempo lo asaltaron las preguntas que no hizo sobre los espacios que dejaba la historia entre su abuelo y el Gino, entre su familia y el Gino, entre el Block del Hambre y los demás blocks de la Santa Casandra, los otros barrios, el país, la historia y el Gino. Recorrió la frontera en vano. No la veía. Por años pensó en ello durante cada momento libre, los cuales por supuesto fueron escasos en progreso. Siempre sacaba conclusiones, a veces algunas, a veces otras. Ya tiene veinticinco años, un hijo que le sonríe y un trabajo seguro que lo estruja. De vez en cuando el asunto vuelve a preocuparlo durante el par de minutos que sostienen el umbral del sueño, cuando piensa en la palabra azkurrir, en la frontera invisible, la esquina infinita e intangible, o cuando imagina que la realidad es un balde con agua donde al hundir la cabeza no pasa nada a menos que sacudas con todas tus fuerzas. Con el Gino jamás ha vuelto a cruzar palabra. La esquina sigue igual, él camina dos o cuatro veces al día por ahí. Jamás ha vuelto a recordar la Mitihueso calibre 22.

Monday, July 01, 2013

EL CINE: UNA ESTRATEGIA NECESARIA I

Si uno quiere saber cómo es una sociedad determinada, tiene que ir al cine; allí se muestran las tendencias que dominan una época.
Slavoj Zizek

            Sin duda, una de nuestras mayores preocupaciones y motivaciones a la hora de entrar a una sala de clases, es (o debiera ser) la de enseñar a pensar o, mejor aún, la de enseñar a pensar críticamente.
            Sin embargo, como bien nos advierte Grinor Rojo (ver su libro Discrepancias del Bicentenario), durante el último tiempo hemos asistido al desplome de la hegemonía del libro y de la letra en la enseñanza. La imagen mediática, desde sus tres soportes (la informática- la computación en el hogar, la escuela, en las calles- la telemática- televisión abierta, por cable, digital- y la cibernética- celulares desde los análogos hasta los smart), con la lógica de la simultaneidad y la yuxtaposición, propias de una forma de pensar más intuitiva (o emocional si se quiere), se sobrepone a la linealidad, la consecutividad y la secuencialidad, propias de la lógica del pensamiento racional. Para probar lo anterior, piénsese en la progresiva desaparición de las salas de clase de la Filosofía, la que por estos días comienza con la Historia, y el predominio de la Comunicación sobre la Literatura, el Lenguaje y la Lengua en los programas de la asignatura antes llamada Castellano.
            Quienes quieran creer que esto es pura casualidad o que responde a las necesidades reales de la sociedad en que vivimos, allá ellos. Nuestra preocupación no sólo debiera ser el hecho ya indesmentible de que la abrumadora mayoría de nuestros niños y adolescentes (y muchos adultos, por qué no decirlo) no sepan pensar de manera crítica en y sobre el mundo que los rodea, sino que ese mismo modo de pensar es el que todavía se utiliza en las esferas del poder, ya sea político, social o económico; lo que quiero decir es que asumir la pérdida de ese tipo de pensamiento es dejar en manos de otros los hilos del poder y de las propias libertades, lo cual equivale a decir que de ese modo dejamos las cosas tal y como las encontramos hoy en día.

            Por lo anterior, deseo sugerir una estrategia a todos quienes defendemos no sólo los libros y la literatura, sino el modo de pensar que ellos comportan. Esa estrategia no es otra que la explotación intencionada de una técnica que, a mi parecer, se encuentra entre ambos- o en ninguno- de los dos modos de pensamiento arriba mencionados. Esa técnica es el cine- que al decir del poeta Tomás Harris se ha constituido en el “inconsciente colectivo” de nuestras sociedades- y particularmente la observación de películas dentro del aula. Por supuesto que no se nos escapa la función de adiestramiento que hoy por hoy predomina en torno a la industria del cine y el entretenimiento en general. Sin embargo, como toda técnica es susceptible de ser subvertida mediante otros discursos (otras tecno-logías) y como además debemos enfrentar, para ponerlo en los términos de Saul Alinsky, el mundo como es y no el mundo como quisiéramos que fuera, las alternativas a nuestra disposición no son muchas. En otras palabras: si el mundo como es se vale de la imagen mediática para perpetuarse en/sobre los sujetos que le sirven de soporte, a quienes no nos gusta ese mundo no nos queda más alternativa que trabajar sobre esa imagen mediática, desde cualquiera de sus soportes, revertir su funcionalidad actual y articularla de modo que se convierta en lo contrario; un medio para conseguir el mundo como quisiéramos que fuera.

Thursday, August 30, 2012

Ese gran sindicalista llamado Moisés


Hace algún tiempo que estoy traduciendo el Rules for radicals de Saul Alinsky. Baste con decir que es un libro escrito con el propósito, según el autor, de enseñarle a Los-que-No-Tienen a cómo tomarse el poder, del mismo modo como Maquiavelo les enseñaba a Los-que-Tienen en El príncipe a cómo mantenerlo. 

Dejo a continuación un fragmento donde Alinsky analiza la resolución del célebre conflicto entre Dios y Moisés, donde este último fue capaz de doblarle la mano al sujeto más poderoso del universo. Si Moisés pudo con Él, quetodo lo sabe y lo inventa, ¿cómo no vamos a poder nosotros contra nuestros capataces terrenales, con su ignorancia a cuestas?

Dice Alinsky:

Comunicarse para persuadir, como en una negociación, es más que entrar en el campo de la experiencia de otra persona. Es inyectarse en la vena su valor u objetivo más preciado y mantener tu curso sobre esa meta. No te comunicas con nadie puramente sobre la ética o los hechos racionales de un problema. El episodio entre Dios y Moisés, cuando los judíos empezaron a adorar al becerro de oro[1], es revelador. Moisés no intenta comunicarse con Dios en términos de piedad o de justicia cuando este se enoja y desea destruir a los judíos; se dirigió al valor más alto y le dobló la mano a Dios. La otra parte solo escuchará cuando esté preocupada o se sienta amenazada; en el campo de acción, una amenaza o una crisis es casi una precondición para la comunicación.
            Un gran organizador como Moisés nunca pierde su frialdad, como lo habría hecho un hombre inferior, cuando Dios dijo: “Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido”. En ese punto, si Moisés hubiese perdido su frialdad de cualquier modo, uno habría esperado que le respondiera, “¿De dónde sacaste todo ese rollo sobre mi gente a quienes yo he traído de Egipto? Yo estaba paseando por el desierto y alguien encendió una zarza, y ese alguien me dijo que fuera a Egipto, y ese alguien me dijo que liberara a esa gente de la esclavitud, y ese alguien se mandó varias demostraciones de poder, y todas esas plagas, y ese alguien separó las aguas del mar Rojo, y alguien puso una columna de nubes en el cielo, y ahora, así de repente, se convierten en mi pueblo”.
            Pero Moisés mantuvo la calma, y se dio cuenta que el centro más importante de su ataque debería ser aquello que juzgara como el valor fundamental para Dios. Como lo leyó Moisés, Dios quería ser el número 1. Por todo el Antiguo Testamento uno se tropieza con “no hay Dios al lado Mío”, “No adorarás falsos ídolos”, “Yo Soy un Dios celoso y castigador”, “No pronunciarás el nombre de Dios en vano”. Y así suma y sigue, una y otra vez, incluida la primera parte de los diez mandamientos.
            Sabiendo esto, Moisés ataca. Comienza alegando y diciéndole a Dios que se tranquilice. (En este punto, tratando de imaginarnos la motivación de Moisés, uno se puede preguntar si fue por lealtad a su pueblo, o se lamentaba por ellos, o si simplemente no quería darse el trabajo de conducir un nuevo pueblo, porque después de todo estaba llegando a los 120 y eso sería pedir mucho). En cualquier caso, él empezó a negociar, diciendo, “Mira, Dios, tú eres Dios. Tienes todas las cartas en mano. Puedes hacer lo que se te ocurra y nadie puede detenerte- Pero tú sabes, Dios, que no puedes simplemente romper el acuerdo que tienes con esta gente- acuérdate, la Alianza- en el que les prometiste no solo liberarlos de la esclavitud, sino que prácticamente heredarían la tierra. Sí, yo sé, vas a decirme que ellos no cumplieron con su palabra y eso rompe el trato. Pero no es tan fácil. Estás en apuros. La noticia se esparció por todos lados. Los egipcios, los filisteos, los cananitas, todo el mundo sabe de esto. Pero, como dije antes, tú eres Dios. Dale, castígalos. Qué te importa que la gente diga ‘Ahí va Dios. No puedes creer en nada de lo que te diga. No puedes hacer tratos con él. Su palabra no vale la piedra en la que está escrita’. Pero después de todo, tú eres el Dios, y yo supongo que podrás manejarlo”.

            Entonces Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo.


[1] Nota de Alinsky. “Entonces Jehová dijo a Moisés: Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido.
                Pronto se han apartado del camino que yo les mandé; se han hecho un becerro de fundición, y lo han adorado, y le han ofrecido sacrificios, y han dicho: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto.
                Dijo más Jehová a Moisés: Yo he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz.
                Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti yo haré una nación grande.
                Entonces Moisés oró en presencia de Jehová su Dios, y dijo: Oh Jehová, ¿por qué se encenderá tu furor contra tu pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte?
                ¿Por qué han de hablar los egipcios, diciendo: Para mal los sacó, para matarlos en los montes, y para raerlos de sobre la faz de la tierra? Vuélvete del ardor de tu ira, y arrepiéntete de este mal contra tu pueblo.
                Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel tus siervos, a los cuales has jurado por ti mismo, y les has dicho: Yo multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; y daré a vuestra descendencia toda esta tierra de que he hablado, y la tomarán por heredad para siempre.
                Entonces Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo.”
Éxodo 32: 7-14, trad. Reina-Valera

Monday, March 05, 2012

Con la cara llena de risa


            I

            No hay período de tiempo más odiado para nosotros los asalariados- esclavos calificados, adiestrados-  que aquel que señala el final de las vacaciones; el ocio, el descanso y la libertad agachan el moño y le devuelven el puesto a la imposición arbitraria, al desgaste, “la praxis que lisia”, como dice el reverendo Vielma.
            Casi desde el primer día, me pasé las vacaciones pensando en que no quería volver a trabajar, imaginando que negociaba con mi jefe cada una de mis hemorroides acumuladas durante años de trabajo. Si Martín Romaña acumulaba bultitos en el cuello, yo los acumulo en el culo y cada vez que me pagan pienso que yo me gano los porotos dos veces al mes.
            “Entonces qué”, le diría a mi jefe, “¿no pagarán horas extra? ¿Tendré que subsidiar mi trabajo con el tiempo que debiera dedicar a mis hijos? ¿Disponibilidad de fin de semana? ¡Ah no, muchas gracias! Ofrézcale sus grilletes a otro, a ver si a él o ella lo pilla volando bajo. Lo siento, pero tengo un respeto animal por mi libertad y su pago no cubre más hemorroides”. Pero no, no es negociable. Los valientes que de verdad han osado negociar y no transarse por nada abandonan el hormiguero en silencio y eligen su destino en la calle, un monasterio, una cueva, una caja de vino; si a ellos los cobija la intemperie, a nosotros nos queda la queja, la rabia y fruncir el ceño. Odiar es nuestro verbo y nuestra carne, las protuberancias que asoman tímidas allá abajo, por el rincón más oscuro del cuerpo.

            II

            Así las cosas, espanté las cavilaciones sobre la fatua esperanza sobre un día en que no necesite trabajar, sobre el peso unánime del mundo hábil y sobre los innúmeros sentidos de ganarse los porotos, gracias a la lectura de la Trilogía sucia de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez. Un libro al cual le sacudí las carcajadas, debiendo aplazarlas para no detener la lectura. El eje de la escritura es la experiencia del cubano que sobrevive al peso del Estado, al hambre, a la miseria y, por supuesto, al trabajo, a punta de cinismo, ron y un erotismo colérico, escatológico. Según Mijaíl Bajtín, al mundo ha de plantársele cara con risa o seriedad; de vuelta como siempre a los griegos, a la tragedia y la comedia. La estrategia de Gutiérrez es la de la risa perra, sin ironía, y ese es el empeño del sujeto que intenta configurar su escritura:

Me llevaba bien con aquel negro duro y viejo que sabía reírse a carcajadas de sí mismo. Eso es lo que yo quiero: aprender a reírme a carcajadas de mi mismo. Siempre, aunque me corten los huevos. (p. 64).

            El negro de quien habla en ese párrafo es diabético y ha perdido las dos piernas, los testículos y su pene de treinta centímetros, pero que se resigna y dice estar “jodío” pero “a mí que me quiten lo bailao” (p. 63). En su juventud se le conocía como el Supermán del teatro Shangai, y de la fama internacional de sus atributos y talentos da testimonio no sólo el relato “Aplastado por la mierda” de Gutiérrez, sino también El padrino II, donde, precisamente gracias al espectáculo del Supermán, Michael se da cuenta de la traición de Fredo, su hermano. En fin, que aplastado por la mierda, mutilado y solo, el negro se reía de sí mismo y, a través de sí mismo, del mundo.

           
            III

            Me di cuenta que así debía proceder yo también; quería reírme de mi mismo y del mundo hábil, dejar de odiar a todo el mundo. “No aguantes más, me dije, basta ya de lamentarse; no más autocompasión. Si no te gusta, chao. O te ríes, o te vas”. Sin embargo, una vez que has abandonado la seriedad, el lamento y la rabia, te das cuenta que no es tan fácil hacer de la risa un deber, una ética o un programa político. Claro, nada más fácil que reírnos del mundo y de los demás, para ello están los medios dispuestos desde hace siglos: el alcohol está sobre la mesa desde que Noé- sí, el mismísimo de la célebre arca- plantó el primer viñedo; insultar a alguien y señalarle sus defectos ha construido las comunidades más poderosas y también las inversosímiles; ni qué decir la marihuana, avalada al mismo tiempo por al menos una religión y varias asociaciones de científicos.
            No es fácil sobreponer la risa al odio pues (¿para qué mentirnos?) odiamos el mundo hábil y lo que ha hecho con y de nosotros, porque lo que está en juego es, y esto es indesmentible, el odio de cada uno contra cada uno; odiamos tener que trabajar, odiamos entregarle el fruto de nuestro odiado trabajo a los comerciantes que odiamos, al arrendatario que odiamos, al supermercado que odiamos, algunos a fin de mes incluso odiamos (al menos de pensamiento y por omisión) a la familia que alimentamos, vestimos y educamos. Odiamos ser parte y estar sujetos a estas construcciones gramaticales. Toda gramática es cómplice del orden social que la cobija y por ello las odiamos a ambas, destruimos cuando podemos las palabras, producimos quiebres gratuitos en la sintaxis y engendramos guarismos incomprensibles para la norma culta, porque creemos que la norma culta es una rubia tetona hija de papi a la que nos gusta sodomizar y golpear para marcarla y que nunca pueda olvidarse de nosotros, sin darnos cuenta que es un travesti con un pico de treinta centímetros, como el del Supermán, que nos embiste tanto sin sentirlo como sin sentido.
            Sin adentrarnos en más consideraciones filosóficas (si se puede, hay que leer a Bergson, y a Bajtín, por supuesto) a mí me parece que la risa intenta mirar de otro modo las cosas o, mejor todavía, de tocarlas. Cuando estás serio las cosas están allḠlejos, del otro lado de quién sabe qué cosa, tras un tupido y sagrado velo. Cuando la rea, la rea, la realidad dice “Se mira pero no se toca”, la seriedad se persigna y la risa responde “Venga pa´ cá mejor será, guachita”, aunque haya que equilibrarla; a veces también necesitamos llorar y no podemos dejar de odiar.
            De vuelta entonces contra la praxis que lisia, pero, como hicieron y dijeron mis abuelos, con la cara llena de risa, mi cholito.

Tuesday, October 18, 2011

Stalin y Bajtín

Mijaíl Bajtín sufrió el Gulag. Quien no sepa a qué alude el término (conozco profesores de historia, marxistas de cuño que lo han oído sólo por un servidor) que averigüe. La mental es la única pereza que no libera.

En la presentación del libro "Mijaíl Bajtín y la cultura", la profesora Irina Vishniakova se mandó una intervención que a más de un mes me obliga a escribir ésto.
     Se levantó de la silla y comenzó hablar. Además de no llevar nada escrito, su limitado castellano y un nerviosismo tenue, apenas delatado por el temblor de sus manos, nos hicieron pensar en la vergüenza, la propia y la ajena, en la improvisación y en el talento que ésta requiere. Distribuí fuerzas entre no dormir y descifrar el cirílico que se le colaba por la voz. Habló sobre la obra de Bajtín, particularmente del artículo Arte y responsabilidad, y luego de otras obras de Bajtín, deteniéndose en la risa, en cómo entender la risa, en la polémica que otro filósofo ruso levantó contra Bajtín respecto al tema, etc. Me aburría, me vencía el sueño, y cuando ya le perdía el hilo a su reflexión, de pronto se mostró molesta, indignada mejor dicho, con uno de los once autores incluidos en el libro.
     Al infeliz, presente en el lugar, oculto en la discreción de Irina, se le ocurrió escribir algo así como "después de la dictadura de Stalin". " De qué dictadura, por favor", dijo Vishnyakova. Furiosa es decir poco. Más bien, creo, quería convencernos de un empalamiento. Su argumento era ella, su historia: su familia nunca padeció la revolución ni el estatalaje estalinista; al contrario, el pan jamás abandonó su mesa, etc. Lo de Stalin, dijo, no es comparable a lo de ustedes.
     Como todos en ese momento, tampoco sé muy bien qué decir ni pensar. Terremoto en un par de lugares comunes, silencio y el polvo cirílico de los huesos Bajtín que se sacude la palabra tumba.