“Toda sociedad tiene sus puntos débiles, sus llagas. Meted el dedo en la llaga y apretad bien fuerte (...) Hablad de la muerte y del olvido (...) Sed abyectos: seréis verdaderos”
Las novelas de Michel Houellebecq pueden provocar(me) dos reacciones extremas. Por un lado estaría la reacción de adhesión, traducible en: “Hueón, cuánta razón, por qué mierda no escribí antes algo así”. Por el otro lado aparecen las lágrimas, las risas-carcajadas, los “arrojar-libro-al-suelo-o-la-basura”, etc. Así de perturbadoras. Así de certeras. Así y todo lo más perturbador resulta ser la correcta pronunciación de su apellido, un enigma para mí y otros tantos. Adivinando más o menos, se me ocurre que debiera ser algo así como “Güelebék”. Algún franco parlante que me corrija.
Un cronista del Mercurio- de cuyo nombre no puedo acordarme- decía que, en el fondo, Houellebecq era un conservador, opinión compartida por muchos. Uno de mis profesores lo citó como “el favorito de los posmodernos”. Cuántas veces los posmodernos han sido acusados de conservadores, terroristas intelectuales. Eso y más, empezando por el tata Habermas y secuaces.
Ya es un lugar común- cómo odiamos el lugar común- decir que lo erótico está desplazado. Pero ¿desplazado por qué? Por todo: por las instituciones, las buenas costumbres, los señores de la moral, la lógica del trabajo, los días de la semana, por todos nosotros, por la palabra: a fin de cuentas, la palabra no es erótica. Las palabras no hacen más que recordarnos a cada rato que lo erótico está en el otro, en la experiencia del y con el otro. Con los cuerpos, como seguro adivinaron[1], sagacísimos lectores. El señor Comelibros no se equivoca cuando advierte sobre Plataforma: “ojo, no es una novela erótica. Hay demasiada carne expuesta como para glorificar al cuerpo”. Pornografía, se podría decir, pero en ningún caso erotismo. En Houellebecq se nos muestran como en una carnicería todos los males (pos)modernos: racismo, xenofobia, fanatismo religioso, comercio sexual, y la lista sigue. Muchos de estos grandes males estarían vinculados, para Houellebecq, a la liberación sexual de fines de los sesenta (y contando). Cuando todos culpábamos a la liberación económica, al capitalismo, al libre mercado, aparece un franchute gruñón y señala a otro tanto o más culpable.
Uno de los impulsores de las “revoluciones” del 68, Georges Bataille, definía el erotismo como lo que remueve al ser, es decir lo otro, y también como las conductas fuera de lo común. No es este el blanco de Houellebecq, sino la degeneración de lo erótico en lo pornográfico. Cuán difícil nos resulta hoy trazar una línea entre ambas. La percibimos pero se nos escapa. Esta es, creo yo, la clave en las novelas del francés. (A continuación hago una lectura somera de las novelas leídas hasta ahora, por lo que, necesario lector, te recomiendo no continuar tu lectura si no conoces al señor Michel. Espero, de ser así, haber despertado tu agudísima curiosidad).
En “Partículas Elementales” se plantea la desaparición progresiva del hombre en pos de un ¿super?hombre fundamentalmente no-erótico, en tanto lo erótico es de-mostrado por Djersinski (personaje insulso por su lucidez, como tantos de Houellebecq) como innegablemente ligado a la destrucción, a la muerte, a la degeneración. Este último elemento es la tesis principal del libro: Eros y Tánatos están coligados en tanto degeneración de la especie humana. Degeneración que en la novela es fundamentada por el paso histórico del erotismo a la pornografía. Ya hablamos de lo erótico como la transgresión del “(sí) mismo” por el “otro”, la remoción del ser. La pornografía, al contrario, cierra el paso del otro: se mira, por ejemplo, una pantalla que no seduce por su erotismo sino que más bien se aferra al sujeto autocomplaciente. El narrador de “Ampliación…” se pregunta cómo escribir sobre la nada, cuál es la forma correcta para hacer de la experiencia de la nada- del vacío del otro- literatura; en “Plataforma” aparece el fracaso del erotismo y por tanto, curiosamente, la posibilidad de la novela misma: la posibilidad de la literatura estaría signada por esa conjura del vacío[2]. “Partículas…” termina con un epílogo escrito precisamente por un no-otro: un clon. La desaparición del otro es aquí total, no teóricamente, sino en los cuerpos mismos.
[1] Roland Barthes oponía “saber” a “sabor”.
[2] Como lo han notado muchos, entre ellos un tremendo: Paul de Man.
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