Wednesday, October 03, 2007

Entre ternura y desesperanza

*Esto lo publiqué hace algún tiempo en www.poliedro.cl
No sé qué tanto me gusta, pero al menos sigo pensando lo mismo.

En un cuento de Bolaño, Vida de Anne Moore, se menciona a un personaje que se pasa todo el tiempo sentado frente a la televisión viendo las noticias, esperando algo así como una tercera guerra mundial. La historia era ésa más o menos, no tengo el libro a mano para consultar, pero da lo mismo. Lo importante es que la situación no alcanza a ser, creo, todo lo descabellada que podría parecer. Eso de esperar una catástrofe- otra más- y ser de los primeros que la vio venir y el primero en verla llegar y recibirla, si bien no con las manos abiertas y saltando por todos lados de regocijo, sí con cierto dejo de suficiencia posible de expresarse en un “yo sabía”.

Un personaje que de ser francés, poeta, novelista y ensayista, tendría que llamarse Michel Houellebecq. Como es sabido, Houellebecq remonta todos los males habidos, por haber y por imaginarse a la liberación económica y la liberación sexual- sobre todo esta última- acaecidas durante el siglo pasado. En sus narraciones la argumentación de la (h)(H)istoria da paso a la decadencia y/o ruina de la civilización y la humanidad de tal forma que al cerrar el/los libro/s queda la impresión de que la desaparición de lo humano está a la vuelta de la esquina o las páginas de los diarios.

Al contrario, por ejemplo, con las novelas de Chuck Palahniuk. En sus novelas no hay argumentación histórica de ningún tipo. Todas las situaciones aparecen desnudas de cualquier contexto acabado, tal cual es la situación actual del mundo, donde pareciera que todo lo improbable y descabellado tiene cabida. Si la estética de Houellebecq y sus personajes es la de la distancia y la reflexión, la de Palahniuk y sus engendros es la de la inmediatez, incluso el cliché sobre cliché. Lo cual le permite, paradójicamente, siempre alguna salida humana al vacío existencial. El amor, una amistad: la presencia de algo o alguien otro por el que valga la pena algo, cualquier cosa. Es decir, que si la distancia de Houellebecq deja ver lo vacío de cualquier esfuerzo o proyección, en Palahniuk la cuestión es adentrarse hasta tocar fondo, un no va más, y desde ahí proyectar algo. Un lugar común, como lo es el amor a estas alturas, como el único refugio para la ternura.

No se trata de cuál de los dos, el gringo o el francés, pueda gustar(me) más o menos, o cuánta razón pueda tener uno u otro respecto a la situación actual del mundo- o de lo que sea. Se trata de que, a fin de cuentas, siempre hay ternura. De una conversación, de un beso, de una simple caricia. El dolor sale fácil, le oí decir a Germán Carrasco un día, y todavía creo que tiene razón. A veces distanciarse- y lo digo como el asocial y desesperanzado distanciado que sé que soy- no da lugar a la ternura y todo surge cubierto por el manto del dolor y las lágrimas y la incomprensión. Porque nada se está poniendo más de moda que sentirse incomprendido y pensar que la verdad y el sentido común permanece sólo en las cabezas de unos pocos llamados “despiertos”, aquellos que creen tener la llave para la salvación y temen que nadie sea capaz de pedirla prestada a tiempo. Antes que eso, prefiero sentarme a esperar tranquilo la transmisión en vivo y en directo de la tercera guerra a todo color, y decir “yo sabía”.

(Mejor que todos lean a Mistral)

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