Tuesday, October 18, 2011

Stalin y Bajtín

Mijaíl Bajtín sufrió el Gulag. Quien no sepa a qué alude el término (conozco profesores de historia, marxistas de cuño que lo han oído sólo por un servidor) que averigüe. La mental es la única pereza que no libera.

En la presentación del libro "Mijaíl Bajtín y la cultura", la profesora Irina Vishniakova se mandó una intervención que a más de un mes me obliga a escribir ésto.
     Se levantó de la silla y comenzó hablar. Además de no llevar nada escrito, su limitado castellano y un nerviosismo tenue, apenas delatado por el temblor de sus manos, nos hicieron pensar en la vergüenza, la propia y la ajena, en la improvisación y en el talento que ésta requiere. Distribuí fuerzas entre no dormir y descifrar el cirílico que se le colaba por la voz. Habló sobre la obra de Bajtín, particularmente del artículo Arte y responsabilidad, y luego de otras obras de Bajtín, deteniéndose en la risa, en cómo entender la risa, en la polémica que otro filósofo ruso levantó contra Bajtín respecto al tema, etc. Me aburría, me vencía el sueño, y cuando ya le perdía el hilo a su reflexión, de pronto se mostró molesta, indignada mejor dicho, con uno de los once autores incluidos en el libro.
     Al infeliz, presente en el lugar, oculto en la discreción de Irina, se le ocurrió escribir algo así como "después de la dictadura de Stalin". " De qué dictadura, por favor", dijo Vishnyakova. Furiosa es decir poco. Más bien, creo, quería convencernos de un empalamiento. Su argumento era ella, su historia: su familia nunca padeció la revolución ni el estatalaje estalinista; al contrario, el pan jamás abandonó su mesa, etc. Lo de Stalin, dijo, no es comparable a lo de ustedes.
     Como todos en ese momento, tampoco sé muy bien qué decir ni pensar. Terremoto en un par de lugares comunes, silencio y el polvo cirílico de los huesos Bajtín que se sacude la palabra tumba.

Saturday, October 01, 2011

De cómo se tranquiliza un esclavo a fin de mes

Cuando recibo el cheque (o el depósito) a fin de mes, me alegro dos o tres segundos. El tiempo suficiente para pensar que merezco ese dinero, que de alguna manera etérea y casi mística esa cifra ilumina todo el esfuerzo y el trabajo de treinta días. Merezco cada puto peso, pienso. Sin embargo, pasados los dos o tres segundos, en mi mente se abre el hoyo negro del gasto y la sobrevivencia: el arriendo de un departamento sobrevalorado, alimentación, gas, luz, agua, resmas de papel, plumones, movilización (si no el más caro, uno de los más dolorosos). Resulta que, para más dicha, el dinero es suficiente y me permite continuar trabajando otro mes. El depósito es la comida y techo, las fichas de las salitreras maquilladas de siglo XXI.

Entonces aparece otra vez la pregunta que me llevo haciendo todos estos años, que todos nos hacemos incluso y sobre todo antes de entrar al mundo hábil: ¿para qué trabajar? Aun mejor formulada, la pregunta debiera ser: ¿para quién trabajo? La respuesta no está en el que firma mis cheques (otro esclavo como yo), y ni siquiera en quien le pone fondos- al menos no absolutamente. La sola búsqueda de una respuesta aturde y confunde por su claridad: trabajo para todos los hijos de puta quienes generosamente producen, rentan y/o venden todos esos productos. Paños fríos a la confusión: trabajo para eludir el hambre y el frío. Pero también por lo necesario: conversatorios alrededor de unas cervezas frías; algo de música y cine pirata; pocos- cada vez menos- libros, nunca todos los necesarios; y cigarros, muchos, muchos cigarros, aunque no los que se requieren para quemar toda la rabia. La penúltima frase de los pensamientos de Pascal dice que no es bueno tener todo lo necesario, o todo lo que uno quiere, depende (como siempre) del traductor. Y a fin de mes lo creo y lo repito con la misma ceguera con que otros dicen "dios", o "4 x 4", o "crédito hipotecario", o "préstamo de consumo", o "televisor de alta definición", o "celular inteligente" ("smartphone", para los siúticos). No, gracias, puede guardarse su mierda por donde mismo la dio a luz.

En una canción de los Fiskales encuentro como tantas veces, como casi siempre, un mantra, aleyas que podrían aullarse desde la entraña:

Yo solo quiero verme
tranquilo a fin de mes
riéndome con mis amigos
de las cosas que nunca vamos a tener.

Tranquilo a fin de mes, olvidando y riéndome de las cosas que nunca quise tener. Aunque no puedo reír- y nadie debiera reírse- de los grilletes, ni los propios ni los ajenos. No puedo evitarlo, pero la musiquilla de tus cadenas no me deja conciliar el sueño.