Cuando recibo el cheque (o el depósito) a fin de mes, me alegro dos o tres segundos. El tiempo suficiente para pensar que merezco ese dinero, que de alguna manera etérea y casi mística esa cifra ilumina todo el esfuerzo y el trabajo de treinta días. Merezco cada puto peso, pienso. Sin embargo, pasados los dos o tres segundos, en mi mente se abre el hoyo negro del gasto y la sobrevivencia: el arriendo de un departamento sobrevalorado, alimentación, gas, luz, agua, resmas de papel, plumones, movilización (si no el más caro, uno de los más dolorosos). Resulta que, para más dicha, el dinero es suficiente y me permite continuar trabajando otro mes. El depósito es la comida y techo, las fichas de las salitreras maquilladas de siglo XXI.
Entonces aparece otra vez la pregunta que me llevo haciendo todos estos años, que todos nos hacemos incluso y sobre todo antes de entrar al mundo hábil: ¿para qué trabajar? Aun mejor formulada, la pregunta debiera ser: ¿para quién trabajo? La respuesta no está en el que firma mis cheques (otro esclavo como yo), y ni siquiera en quien le pone fondos- al menos no absolutamente. La sola búsqueda de una respuesta aturde y confunde por su claridad: trabajo para todos los hijos de puta quienes generosamente producen, rentan y/o venden todos esos productos. Paños fríos a la confusión: trabajo para eludir el hambre y el frío. Pero también por lo necesario: conversatorios alrededor de unas cervezas frías; algo de música y cine pirata; pocos- cada vez menos- libros, nunca todos los necesarios; y cigarros, muchos, muchos cigarros, aunque no los que se requieren para quemar toda la rabia. La penúltima frase de los pensamientos de Pascal dice que no es bueno tener todo lo necesario, o todo lo que uno quiere, depende (como siempre) del traductor. Y a fin de mes lo creo y lo repito con la misma ceguera con que otros dicen "dios", o "4 x 4", o "crédito hipotecario", o "préstamo de consumo", o "televisor de alta definición", o "celular inteligente" ("smartphone", para los siúticos). No, gracias, puede guardarse su mierda por donde mismo la dio a luz.
En una canción de los Fiskales encuentro como tantas veces, como casi siempre, un mantra, aleyas que podrían aullarse desde la entraña:
Yo solo quiero verme
tranquilo a fin de mes
riéndome con mis amigos
de las cosas que nunca vamos a tener.
Tranquilo a fin de mes, olvidando y riéndome de las cosas que nunca quise tener. Aunque no puedo reír- y nadie debiera reírse- de los grilletes, ni los propios ni los ajenos. No puedo evitarlo, pero la musiquilla de tus cadenas no me deja conciliar el sueño.
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