Mijaíl Bajtín sufrió el Gulag. Quien no sepa a qué alude el término (conozco profesores de historia, marxistas de cuño que lo han oído sólo por un servidor) que averigüe. La mental es la única pereza que no libera.
En la presentación del libro "Mijaíl Bajtín y la cultura", la profesora Irina Vishniakova se mandó una intervención que a más de un mes me obliga a escribir ésto.
Se levantó de la silla y comenzó hablar. Además de no llevar nada escrito, su limitado castellano y un nerviosismo tenue, apenas delatado por el temblor de sus manos, nos hicieron pensar en la vergüenza, la propia y la ajena, en la improvisación y en el talento que ésta requiere. Distribuí fuerzas entre no dormir y descifrar el cirílico que se le colaba por la voz. Habló sobre la obra de Bajtín, particularmente del artículo Arte y responsabilidad, y luego de otras obras de Bajtín, deteniéndose en la risa, en cómo entender la risa, en la polémica que otro filósofo ruso levantó contra Bajtín respecto al tema, etc. Me aburría, me vencía el sueño, y cuando ya le perdía el hilo a su reflexión, de pronto se mostró molesta, indignada mejor dicho, con uno de los once autores incluidos en el libro.
Al infeliz, presente en el lugar, oculto en la discreción de Irina, se le ocurrió escribir algo así como "después de la dictadura de Stalin". " De qué dictadura, por favor", dijo Vishnyakova. Furiosa es decir poco. Más bien, creo, quería convencernos de un empalamiento. Su argumento era ella, su historia: su familia nunca padeció la revolución ni el estatalaje estalinista; al contrario, el pan jamás abandonó su mesa, etc. Lo de Stalin, dijo, no es comparable a lo de ustedes.
Como todos en ese momento, tampoco sé muy bien qué decir ni pensar. Terremoto en un par de lugares comunes, silencio y el polvo cirílico de los huesos Bajtín que se sacude la palabra tumba.
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