I
No hay
período de tiempo más odiado para nosotros los asalariados- esclavos
calificados, adiestrados- que aquel que
señala el final de las vacaciones; el ocio, el descanso y la libertad agachan
el moño y le devuelven el puesto a la imposición arbitraria, al desgaste, “la
praxis que lisia”, como dice el reverendo Vielma.
Casi desde
el primer día, me pasé las vacaciones pensando en que no quería volver a
trabajar, imaginando que negociaba con mi jefe cada una de mis hemorroides acumuladas
durante años de trabajo. Si Martín Romaña acumulaba bultitos en el cuello, yo
los acumulo en el culo y cada vez que me pagan pienso que yo me gano los
porotos dos veces al mes.
“Entonces
qué”, le diría a mi jefe, “¿no pagarán horas extra? ¿Tendré que subsidiar mi trabajo con el tiempo que debiera
dedicar a mis hijos? ¿Disponibilidad de fin de semana? ¡Ah no, muchas gracias! Ofrézcale
sus grilletes a otro, a ver si a él o ella lo pilla volando bajo. Lo siento, pero
tengo un respeto animal por mi libertad y su pago no cubre más hemorroides”.
Pero no, no es negociable. Los valientes que de verdad han osado negociar y no
transarse por nada abandonan el hormiguero en silencio y eligen su destino en la
calle, un monasterio, una cueva, una caja de vino; si a ellos los cobija la
intemperie, a nosotros nos queda la queja, la rabia y fruncir el ceño. Odiar es
nuestro verbo y nuestra carne, las protuberancias que asoman tímidas allá abajo, por el rincón más
oscuro del cuerpo.
II
Así las
cosas, espanté las cavilaciones sobre la fatua esperanza sobre un día en
que no necesite trabajar, sobre el peso unánime del mundo hábil y sobre los
innúmeros sentidos de ganarse los porotos, gracias a la lectura de la Trilogía
sucia de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez. Un libro al cual le sacudí las
carcajadas, debiendo aplazarlas para no detener la lectura. El eje de la
escritura es la experiencia del cubano que sobrevive al peso del Estado, al
hambre, a la miseria y, por supuesto, al trabajo, a punta de cinismo, ron y un
erotismo colérico, escatológico. Según Mijaíl Bajtín, al mundo ha de
plantársele cara con risa o seriedad; de vuelta como siempre a los griegos, a
la tragedia y la comedia. La estrategia de Gutiérrez es la de la risa perra,
sin ironía, y ese es el empeño del sujeto que intenta configurar su escritura:
Me llevaba bien con aquel negro duro y viejo que
sabía reírse a carcajadas de sí mismo. Eso es lo que yo quiero: aprender a reírme
a carcajadas de mi mismo. Siempre, aunque me corten los huevos. (p. 64).
El negro de
quien habla en ese párrafo es diabético y ha perdido las dos piernas, los
testículos y su pene de treinta centímetros, pero que se resigna y dice estar
“jodío” pero “a mí que me quiten lo bailao” (p. 63). En su juventud se le
conocía como el Supermán del teatro Shangai, y de la fama internacional de sus
atributos y talentos da testimonio no sólo el relato “Aplastado por la mierda”
de Gutiérrez, sino también El padrino II, donde, precisamente gracias al
espectáculo del Supermán, Michael se da cuenta de la traición de Fredo, su
hermano. En fin, que aplastado por la mierda, mutilado y solo, el negro se reía
de sí mismo y, a través de sí mismo, del mundo.
III
Me
di cuenta que así debía proceder yo también; quería reírme de mi mismo y del
mundo hábil, dejar de odiar a todo el mundo. “No aguantes más, me dije, basta
ya de lamentarse; no más autocompasión. Si no te gusta, chao. O te ríes, o te
vas”. Sin embargo, una vez que has abandonado la seriedad, el lamento y la
rabia, te das cuenta que no es tan fácil hacer de la risa un deber, una ética o
un programa político. Claro, nada más fácil que reírnos del mundo y de los
demás, para ello están los medios dispuestos desde hace siglos: el alcohol está
sobre la mesa desde que Noé- sí, el mismísimo de la célebre arca- plantó el
primer viñedo; insultar a alguien y señalarle sus defectos ha construido las
comunidades más poderosas y también las inversosímiles; ni qué decir la marihuana,
avalada al mismo tiempo por al menos una religión y varias asociaciones de
científicos.
No es fácil
sobreponer la risa al odio pues (¿para qué mentirnos?) odiamos el mundo hábil y
lo que ha hecho con y de nosotros, porque lo que está en juego es, y esto es
indesmentible, el odio de cada uno contra cada uno; odiamos tener que trabajar,
odiamos entregarle el fruto de nuestro odiado trabajo a los comerciantes que
odiamos, al arrendatario que odiamos, al supermercado que odiamos, algunos a
fin de mes incluso odiamos (al menos de pensamiento y por omisión) a la familia
que alimentamos, vestimos y educamos. Odiamos ser parte y estar sujetos a estas
construcciones gramaticales. Toda gramática es cómplice del orden social que la
cobija y por ello las odiamos a ambas, destruimos cuando podemos las palabras, producimos
quiebres gratuitos en la sintaxis y engendramos guarismos incomprensibles para
la norma culta, porque creemos que la norma culta es una rubia tetona hija de
papi a la que nos gusta sodomizar y golpear para marcarla y que nunca pueda
olvidarse de nosotros, sin darnos cuenta que es un travesti con un pico de
treinta centímetros, como el del Supermán, que nos embiste tanto sin sentirlo
como sin sentido.
Sin
adentrarnos en más consideraciones filosóficas (si se puede, hay que leer a
Bergson, y a Bajtín, por supuesto) a mí me parece que la risa intenta mirar de
otro modo las cosas o, mejor todavía, de tocarlas. Cuando estás serio las cosas
están allḠlejos, del otro lado de quién sabe qué cosa, tras un tupido y
sagrado velo. Cuando la rea, la rea, la realidad dice “Se mira pero no se toca”,
la seriedad se persigna y la risa responde “Venga pa´ cá mejor será, guachita”,
aunque haya que equilibrarla; a veces también necesitamos llorar y no podemos
dejar de odiar.
De vuelta
entonces contra la praxis que lisia, pero, como hicieron y dijeron mis abuelos,
con la cara llena de risa, mi cholito.