Monday, March 05, 2012

Con la cara llena de risa


            I

            No hay período de tiempo más odiado para nosotros los asalariados- esclavos calificados, adiestrados-  que aquel que señala el final de las vacaciones; el ocio, el descanso y la libertad agachan el moño y le devuelven el puesto a la imposición arbitraria, al desgaste, “la praxis que lisia”, como dice el reverendo Vielma.
            Casi desde el primer día, me pasé las vacaciones pensando en que no quería volver a trabajar, imaginando que negociaba con mi jefe cada una de mis hemorroides acumuladas durante años de trabajo. Si Martín Romaña acumulaba bultitos en el cuello, yo los acumulo en el culo y cada vez que me pagan pienso que yo me gano los porotos dos veces al mes.
            “Entonces qué”, le diría a mi jefe, “¿no pagarán horas extra? ¿Tendré que subsidiar mi trabajo con el tiempo que debiera dedicar a mis hijos? ¿Disponibilidad de fin de semana? ¡Ah no, muchas gracias! Ofrézcale sus grilletes a otro, a ver si a él o ella lo pilla volando bajo. Lo siento, pero tengo un respeto animal por mi libertad y su pago no cubre más hemorroides”. Pero no, no es negociable. Los valientes que de verdad han osado negociar y no transarse por nada abandonan el hormiguero en silencio y eligen su destino en la calle, un monasterio, una cueva, una caja de vino; si a ellos los cobija la intemperie, a nosotros nos queda la queja, la rabia y fruncir el ceño. Odiar es nuestro verbo y nuestra carne, las protuberancias que asoman tímidas allá abajo, por el rincón más oscuro del cuerpo.

            II

            Así las cosas, espanté las cavilaciones sobre la fatua esperanza sobre un día en que no necesite trabajar, sobre el peso unánime del mundo hábil y sobre los innúmeros sentidos de ganarse los porotos, gracias a la lectura de la Trilogía sucia de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez. Un libro al cual le sacudí las carcajadas, debiendo aplazarlas para no detener la lectura. El eje de la escritura es la experiencia del cubano que sobrevive al peso del Estado, al hambre, a la miseria y, por supuesto, al trabajo, a punta de cinismo, ron y un erotismo colérico, escatológico. Según Mijaíl Bajtín, al mundo ha de plantársele cara con risa o seriedad; de vuelta como siempre a los griegos, a la tragedia y la comedia. La estrategia de Gutiérrez es la de la risa perra, sin ironía, y ese es el empeño del sujeto que intenta configurar su escritura:

Me llevaba bien con aquel negro duro y viejo que sabía reírse a carcajadas de sí mismo. Eso es lo que yo quiero: aprender a reírme a carcajadas de mi mismo. Siempre, aunque me corten los huevos. (p. 64).

            El negro de quien habla en ese párrafo es diabético y ha perdido las dos piernas, los testículos y su pene de treinta centímetros, pero que se resigna y dice estar “jodío” pero “a mí que me quiten lo bailao” (p. 63). En su juventud se le conocía como el Supermán del teatro Shangai, y de la fama internacional de sus atributos y talentos da testimonio no sólo el relato “Aplastado por la mierda” de Gutiérrez, sino también El padrino II, donde, precisamente gracias al espectáculo del Supermán, Michael se da cuenta de la traición de Fredo, su hermano. En fin, que aplastado por la mierda, mutilado y solo, el negro se reía de sí mismo y, a través de sí mismo, del mundo.

           
            III

            Me di cuenta que así debía proceder yo también; quería reírme de mi mismo y del mundo hábil, dejar de odiar a todo el mundo. “No aguantes más, me dije, basta ya de lamentarse; no más autocompasión. Si no te gusta, chao. O te ríes, o te vas”. Sin embargo, una vez que has abandonado la seriedad, el lamento y la rabia, te das cuenta que no es tan fácil hacer de la risa un deber, una ética o un programa político. Claro, nada más fácil que reírnos del mundo y de los demás, para ello están los medios dispuestos desde hace siglos: el alcohol está sobre la mesa desde que Noé- sí, el mismísimo de la célebre arca- plantó el primer viñedo; insultar a alguien y señalarle sus defectos ha construido las comunidades más poderosas y también las inversosímiles; ni qué decir la marihuana, avalada al mismo tiempo por al menos una religión y varias asociaciones de científicos.
            No es fácil sobreponer la risa al odio pues (¿para qué mentirnos?) odiamos el mundo hábil y lo que ha hecho con y de nosotros, porque lo que está en juego es, y esto es indesmentible, el odio de cada uno contra cada uno; odiamos tener que trabajar, odiamos entregarle el fruto de nuestro odiado trabajo a los comerciantes que odiamos, al arrendatario que odiamos, al supermercado que odiamos, algunos a fin de mes incluso odiamos (al menos de pensamiento y por omisión) a la familia que alimentamos, vestimos y educamos. Odiamos ser parte y estar sujetos a estas construcciones gramaticales. Toda gramática es cómplice del orden social que la cobija y por ello las odiamos a ambas, destruimos cuando podemos las palabras, producimos quiebres gratuitos en la sintaxis y engendramos guarismos incomprensibles para la norma culta, porque creemos que la norma culta es una rubia tetona hija de papi a la que nos gusta sodomizar y golpear para marcarla y que nunca pueda olvidarse de nosotros, sin darnos cuenta que es un travesti con un pico de treinta centímetros, como el del Supermán, que nos embiste tanto sin sentirlo como sin sentido.
            Sin adentrarnos en más consideraciones filosóficas (si se puede, hay que leer a Bergson, y a Bajtín, por supuesto) a mí me parece que la risa intenta mirar de otro modo las cosas o, mejor todavía, de tocarlas. Cuando estás serio las cosas están allḠlejos, del otro lado de quién sabe qué cosa, tras un tupido y sagrado velo. Cuando la rea, la rea, la realidad dice “Se mira pero no se toca”, la seriedad se persigna y la risa responde “Venga pa´ cá mejor será, guachita”, aunque haya que equilibrarla; a veces también necesitamos llorar y no podemos dejar de odiar.
            De vuelta entonces contra la praxis que lisia, pero, como hicieron y dijeron mis abuelos, con la cara llena de risa, mi cholito.

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