Thursday, August 30, 2012

Ese gran sindicalista llamado Moisés


Hace algún tiempo que estoy traduciendo el Rules for radicals de Saul Alinsky. Baste con decir que es un libro escrito con el propósito, según el autor, de enseñarle a Los-que-No-Tienen a cómo tomarse el poder, del mismo modo como Maquiavelo les enseñaba a Los-que-Tienen en El príncipe a cómo mantenerlo. 

Dejo a continuación un fragmento donde Alinsky analiza la resolución del célebre conflicto entre Dios y Moisés, donde este último fue capaz de doblarle la mano al sujeto más poderoso del universo. Si Moisés pudo con Él, quetodo lo sabe y lo inventa, ¿cómo no vamos a poder nosotros contra nuestros capataces terrenales, con su ignorancia a cuestas?

Dice Alinsky:

Comunicarse para persuadir, como en una negociación, es más que entrar en el campo de la experiencia de otra persona. Es inyectarse en la vena su valor u objetivo más preciado y mantener tu curso sobre esa meta. No te comunicas con nadie puramente sobre la ética o los hechos racionales de un problema. El episodio entre Dios y Moisés, cuando los judíos empezaron a adorar al becerro de oro[1], es revelador. Moisés no intenta comunicarse con Dios en términos de piedad o de justicia cuando este se enoja y desea destruir a los judíos; se dirigió al valor más alto y le dobló la mano a Dios. La otra parte solo escuchará cuando esté preocupada o se sienta amenazada; en el campo de acción, una amenaza o una crisis es casi una precondición para la comunicación.
            Un gran organizador como Moisés nunca pierde su frialdad, como lo habría hecho un hombre inferior, cuando Dios dijo: “Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido”. En ese punto, si Moisés hubiese perdido su frialdad de cualquier modo, uno habría esperado que le respondiera, “¿De dónde sacaste todo ese rollo sobre mi gente a quienes yo he traído de Egipto? Yo estaba paseando por el desierto y alguien encendió una zarza, y ese alguien me dijo que fuera a Egipto, y ese alguien me dijo que liberara a esa gente de la esclavitud, y ese alguien se mandó varias demostraciones de poder, y todas esas plagas, y ese alguien separó las aguas del mar Rojo, y alguien puso una columna de nubes en el cielo, y ahora, así de repente, se convierten en mi pueblo”.
            Pero Moisés mantuvo la calma, y se dio cuenta que el centro más importante de su ataque debería ser aquello que juzgara como el valor fundamental para Dios. Como lo leyó Moisés, Dios quería ser el número 1. Por todo el Antiguo Testamento uno se tropieza con “no hay Dios al lado Mío”, “No adorarás falsos ídolos”, “Yo Soy un Dios celoso y castigador”, “No pronunciarás el nombre de Dios en vano”. Y así suma y sigue, una y otra vez, incluida la primera parte de los diez mandamientos.
            Sabiendo esto, Moisés ataca. Comienza alegando y diciéndole a Dios que se tranquilice. (En este punto, tratando de imaginarnos la motivación de Moisés, uno se puede preguntar si fue por lealtad a su pueblo, o se lamentaba por ellos, o si simplemente no quería darse el trabajo de conducir un nuevo pueblo, porque después de todo estaba llegando a los 120 y eso sería pedir mucho). En cualquier caso, él empezó a negociar, diciendo, “Mira, Dios, tú eres Dios. Tienes todas las cartas en mano. Puedes hacer lo que se te ocurra y nadie puede detenerte- Pero tú sabes, Dios, que no puedes simplemente romper el acuerdo que tienes con esta gente- acuérdate, la Alianza- en el que les prometiste no solo liberarlos de la esclavitud, sino que prácticamente heredarían la tierra. Sí, yo sé, vas a decirme que ellos no cumplieron con su palabra y eso rompe el trato. Pero no es tan fácil. Estás en apuros. La noticia se esparció por todos lados. Los egipcios, los filisteos, los cananitas, todo el mundo sabe de esto. Pero, como dije antes, tú eres Dios. Dale, castígalos. Qué te importa que la gente diga ‘Ahí va Dios. No puedes creer en nada de lo que te diga. No puedes hacer tratos con él. Su palabra no vale la piedra en la que está escrita’. Pero después de todo, tú eres el Dios, y yo supongo que podrás manejarlo”.

            Entonces Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo.


[1] Nota de Alinsky. “Entonces Jehová dijo a Moisés: Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido.
                Pronto se han apartado del camino que yo les mandé; se han hecho un becerro de fundición, y lo han adorado, y le han ofrecido sacrificios, y han dicho: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto.
                Dijo más Jehová a Moisés: Yo he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz.
                Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti yo haré una nación grande.
                Entonces Moisés oró en presencia de Jehová su Dios, y dijo: Oh Jehová, ¿por qué se encenderá tu furor contra tu pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte?
                ¿Por qué han de hablar los egipcios, diciendo: Para mal los sacó, para matarlos en los montes, y para raerlos de sobre la faz de la tierra? Vuélvete del ardor de tu ira, y arrepiéntete de este mal contra tu pueblo.
                Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel tus siervos, a los cuales has jurado por ti mismo, y les has dicho: Yo multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; y daré a vuestra descendencia toda esta tierra de que he hablado, y la tomarán por heredad para siempre.
                Entonces Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo.”
Éxodo 32: 7-14, trad. Reina-Valera

1 comment:

Anonymous said...

me encuentra en twitter @devadelaluna y en fb en deva sánchez
:)