Si uno quiere
saber cómo es una sociedad determinada, tiene que ir al cine; allí se muestran
las tendencias que dominan una época.
Slavoj Zizek
Sin duda,
una de nuestras mayores preocupaciones y motivaciones a la hora de entrar a una
sala de clases, es (o debiera ser) la de enseñar a pensar o, mejor aún, la de
enseñar a pensar críticamente.
Sin
embargo, como bien nos advierte Grinor Rojo (ver su libro Discrepancias del
Bicentenario), durante el último tiempo hemos asistido al desplome de la
hegemonía del libro y de la letra en la enseñanza. La imagen mediática, desde
sus tres soportes (la informática- la computación en el hogar, la escuela, en
las calles- la telemática- televisión abierta, por cable, digital- y la
cibernética- celulares desde los análogos hasta los smart), con la lógica de la
simultaneidad y la yuxtaposición, propias de una forma de pensar más intuitiva
(o emocional si se quiere), se sobrepone a la linealidad, la consecutividad y
la secuencialidad, propias de la lógica del pensamiento racional. Para probar
lo anterior, piénsese en la progresiva desaparición de las salas de clase de la
Filosofía, la que por estos días comienza con la Historia, y el predominio de
la Comunicación sobre la Literatura, el Lenguaje y la Lengua en los programas
de la asignatura antes llamada Castellano.
Quienes
quieran creer que esto es pura casualidad o que responde a las necesidades
reales de la sociedad en que vivimos, allá ellos. Nuestra preocupación no sólo
debiera ser el hecho ya indesmentible de que la abrumadora mayoría de nuestros
niños y adolescentes (y muchos adultos, por qué no decirlo) no sepan pensar de
manera crítica en y sobre el mundo que los rodea, sino que ese mismo modo de
pensar es el que todavía se utiliza en las esferas del poder, ya sea político,
social o económico; lo que quiero decir es que asumir la pérdida de ese tipo de
pensamiento es dejar en manos de otros los hilos del poder y de las propias
libertades, lo cual equivale a decir que de ese modo dejamos las cosas tal y
como las encontramos hoy en día.
Por lo
anterior, deseo sugerir una estrategia a todos quienes defendemos no sólo los
libros y la literatura, sino el modo de pensar que ellos comportan. Esa
estrategia no es otra que la explotación intencionada de una técnica que, a mi
parecer, se encuentra entre ambos- o en ninguno- de los dos modos de
pensamiento arriba mencionados. Esa técnica es el cine- que al decir del poeta Tomás
Harris se ha constituido en el “inconsciente colectivo” de nuestras sociedades-
y particularmente la observación de películas dentro del aula. Por supuesto que
no se nos escapa la función de adiestramiento que hoy por hoy predomina en
torno a la industria del cine y el entretenimiento en general. Sin embargo,
como toda técnica es susceptible de ser subvertida mediante otros discursos
(otras tecno-logías) y como además debemos enfrentar, para ponerlo en los
términos de Saul Alinsky, el mundo como es y no el mundo como quisiéramos que
fuera, las alternativas a nuestra disposición no son muchas. En otras palabras:
si el mundo como es se vale de la imagen mediática para perpetuarse en/sobre
los sujetos que le sirven de soporte, a quienes no nos gusta ese mundo no nos
queda más alternativa que trabajar sobre esa imagen mediática, desde cualquiera
de sus soportes, revertir su funcionalidad actual y articularla de modo que se
convierta en lo contrario; un medio para conseguir el mundo como quisiéramos
que fuera.
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