*Este cuento mereció una mención honrosa en el concurso de cuentos Stella Corvalán 2019*
Uno de los
últimos días del invierno de 1988, mi mamá decidió separarse por un tiempo de
mi papá y nos mudamos donde unos tíos de ella. Recuerdo muy bien esa tarde
porque, apenas bajó del colectivo, mi mamá se echó a llorar en brazos de la tía
Silvia. No quería ser testigo de su llanto y observé el pasaje. Medía lo justo
para que entrara o saliera un auto. Cuando el colectivo se alejó por el otro
extremo, un grupo de niños reanudó su juego, interrumpido por nuestra llegada,
el cual consistía en correr detrás de una pelota de básquetbol, aunque no se
veían aros por ningún lado. Ninguno se percató del sufrimiento de mi mamá. En
esa época, era reglamentario entre los niños ignorar el dolor de los adultos.
La niña líder del grupo, una niña de ojos
pardos muy lindos, se me acercó: —Me llamo Úrsula. Ellos son Paula, Andrea,
Daniel y Patito. —Me miraron, sonrieron y continuaron corriendo en su juego sin
objeto. Entonces vi a Patito con la pelota. Le daba botes de una manera
extraña, con fuerza descontrolada, no con ese delicado vaivén de la palma abierta
como hacían los demás sino con el puño, lo cual era imposible, pues a Patito le
faltaba la mano derecha. Era como el otro extremo de los brazos de las muñecas
cuando se los arrancas del cuerpo. Algo tenía en vez de una mano, pero no pude
visualizarlo porque Úrsula me tomó del brazo, me miró con los ojos muy abiertos
y me susurró con energía:—No mires tanto a Patito. La regla es nunca hablar de
eso. Vamos a jugar.
Me uní a ellos. Para no mirar a Patito, traté
de comprender eso que llamaban juego. Como no había aros, se trataba de darle
botes a la pelota y evitar que los otros te la quitaran. No había un antes ni
después. Nadie podía ganar, pero sí daba la impresión de que al término perdían
todos. Quizá podías estar ganando,
pero nunca ganabas efectivamente. No
estoy tan seguro de llamarlo juego, pero no sé nombrarlo de otro modo. Hacemos
lo que podemos con las palabras que tenemos a mano, aunque estas sean pocas o
inexactas. No alcancé a tomar la pelota porque mi mamá, que ya no lloraba, me
llamó para tomar once. Me despedí de mis nuevos amigos esforzándome por no
dirigir la vista a la mano ausente de Patito.
Como llegaba muy tarde del colegio, veía
poco a los niños del pasaje. Algunos fines de semana me quedaba con mi papá.
Los pocos sábados o domingos en que no hacía tanto frío para estar en la calle,
Úrsula y los demás salían y me sumaba a perseguir el balón de básquetbol sin
aro donde poder encestar.
Un día cometí el error de quitarle la
pelota a Patito. Nadie me lo había dicho, pero otra regla no escrita del juego
era que a Patito se lo dejaba dar botes tranquilo, sin molestarlo, hasta que
perdiera el control de la pelota. Recién ahí los demás podíamos proseguir. En
las rarísimas ocasiones cuando Patito le quitaba por fin la pelota a alguien,
los demás fingían querer recuperarla, aunque en realidad lo dejaban hacer sin
intervenir. Cuando se la quité, todos pararon en seco. Sin decir nada, Úrsula
me arrebató la pelota y se la devolvió a Patito. La ficción de su juego
continuó como si nada.
—A Patito no le quitamos la pelota —me
aclaró—. Nunca. No lo vuelvas a hacer.
No dije nada. Estaba enojado, pero me
limité a asentir con la cabeza y seguí corriendo.
Esa
noche, antes de dormir, pensé mucho en lo sucedido. Me parecía estúpido. ¿Cuál
era la gracia de jugar básquetbol si no había dónde encestar? ¿Por qué tantas
consideraciones con Patito? Tenía una mano por lo menos, podía arreglárselas. Afuera,
en el mundo real, otros niños no dudarían un segundo en quitarle la pelota.
¿Por qué disimular lo evidente? Poco antes de dormirme, sin embargo, sentí
lástima por él y por los demás. Después de todo, ¿qué haría yo si me faltara
una mano? ¿No era cierto que, como mi mamá decía, pronto nos iríamos de esa
casa? Además, yo muy pronto podría escapar del falso juego, pero Úrsula y los
otros niños se quedarían ahí para siempre, pendientes de la mano fantasma de
Patito. Entonces decidí que la única solución posible, ya que no podía ser como
nosotros, era que nosotros debíamos que ser como él.
Al otro día, salí a jugar con esa
resolución. Le quité la pelota a Paula, cerré el puño y comencé a aporrearla
para darle botes al estilo de Patito. Era muy difícil. Valoré su control del
balón, aunque fueran unos pocos segundos, porque a mí se me escapaba la pelota
a los dos o tres rebotes. Sin utilizar la palma y los dedos extendidos, no
había control posible, solo golpe tras golpe. Ocupado en esa tarea, no me di
cuenta de que todos se habían parado en seco, como la vez anterior. Quise
explicarles, pero antes de poder decir nada, Patito comenzó a llorar. Andrea y
Daniel intentaron consolarlo, sin conseguirlo. Úrsula le entregó el balón.
Nada, seguía con su llanto. Alertados, los adultos salieron. Mientras algunos
intentaban contenerlo, otros preguntaban qué había ocurrido. Úrsula me señaló:
—Se estaba burlando de Patito.
Me miraron como si le hubiese arrancado
recién la mano. En eso apareció mi mamá, que alcanzó a escuchar las palabras de
Úrsula, me agarró de una oreja y me arrastró hasta la casa.
—¡Cómo se te ocurre burlarte de ese pobre
niño! —me soltó al entrar.
—No me burlaba —me excusé—, quería jugar como
Patito.
Mi madre se llevó una mano a la boca y frunció
el ceño; con la otra, me dio una cachetada.
—¡Cómo te atreves a pensar en eso! —gritó
desde detrás de su mano—. Patito es perfectamente normal.
Me arrojó al sofá de un tirón. Con el
orgullo y la razón heridos, soporté las miradas reprobatorias de ella y de los
tíos hasta la hora de acostarme.
Esa noche soñé que iba junto a los otros
niños detrás de la pelota, como siempre, y desde el cielo o desde la nada una
mano de adulto gigante bajaba al pasaje e intentaba asirnos. El juego se
detenía como cuando pasaba un auto, luego continuaba. Al descender la mano, todos
corríamos por nuestra vida, excepto Patito, que se quedaba quieto, esperando
que lo agarraran, lo cual nunca ocurría porque la mano lo ignoraba. Mientras
jugaba, me angustiaba pensar que él deseaba ser apresado quizá para que le
arrancaran el brazo como a una muñeca, se lo invirtieran y así apareciera por
fin su mano perdida. Al final del sueño, Patito me dijo: —No pasa nada. Es
perfectamente normal.
Durante las Fiestas Patrias nos fuimos de
vacaciones a nuestra casa, con mi papá. Casi era primavera, pero llovió toda la
semana y me pasé los días frente a la televisión. Faltaba poco para votar Sí o
No por los militares, explicaban en los noticiarios. Era extraño, porque mis
padres no mencionaban la cuestión, y en mi familia por regla general se
comentaban los temas impuestos por la pantalla.
Tampoco se tocaba el tema en público. En el
viaje de vuelta a la casa de los tíos, en el colectivo una señora le preguntó
al chofer si votaría por el Sí o por el No.
—Ah no, señora, el voto es secreto —-se
rio. Mi mamá también rio. Le pregunté de qué se reían y por qué el voto era
secreto. Ella me tiró de la oreja, ellos rieron con más ganas y no se habló más.
Supuse que era una de esas reglas para situaciones como la mano de Patito y no
volví a hacer preguntas.
No vi a los otros niños hasta el día de la
votación. Los tíos salieron temprano por la mañana. Cuando volvieron, mi mamá les
contó que todo estaba arreglado con mi papá. Pronto las cosas volverían a la
normalidad. Ellos se alegraron, pero le sugirieron tomarse el tiempo necesario
para pensar bien las cosas. Mientras hacían hincapié en que no era problema
tenernos ahí, noté que ambos tenían el dedo gordo de la mano derecha muy
morado, como si se los hubiesen apretado de un portazo o como si se los
hubiesen martillado repetidamente. Me pregunté quién sería capaz de dar un
portazo tan fuerte o de martillar de esa manera para dejar un moretón tan
exagerado. Por alguna razón, recordé mi sueño con Patito y la mano gigante.
Después mi mamá fue a votar y aproveché de
salir. Afuera jugaban Úrsula, Patito y los demás niños. Dudé en acercarme.
Había tenido demasiados problemas por la simulación de juegos y manos que en
realidad no existían. Sin embargo, Úrsula me lanzó la pelota a los pies.
—Ven a jugar —me ordenó sonriente.
Me obligué a olvidar y me uní al grupo.
Recién entonces comprendí la finalidad del juego. Corrimos y dimos botes
durante varias horas, sin preguntas, sin incomodar a Patito con miradas o
cuestionamientos inoportunos. Hasta que la vi por primera vez.
Yo llevaba la pelota y Patito intentaba
quitármela, atravesando su mano fantasma en mi camino. Donde Patito no tenía
mano, aparecieron dos porotitos de piel escarificada, dos ampollas grotescas,
como dos dedos floreciendo en la primavera que todavía no se manifestaba. Me
quedé mirando. Úrsula había dejado de correr y me miraba con los ojos muy
abiertos. Así, a través de miradas, mientras los demás continuaban con el
juego, le pregunté qué ocurría. Sus ojos respondieron que era mejor no hacer
preguntas y siguió corriendo. Afortunadamente, en ese momento los adultos volvían
de votar y nos llevaron adentro. Todos traían los pulgares morados, exhibiendo el
mismo golpe monstruoso sobre el pulgar.
En la casa de los tíos, mientras
almorzábamos, se me ocurrió preguntar qué habían votado. Al contrario de las
personas del colectivo, nadie se rio. Mi mamá siguió pinchando ensaladas con el
tenedor. La tía se limitó a respirar muy fuerte por la nariz. El tío masticó
muy lento la comida dentro de su boca y me clavó los ojos. Cuando terminó de
masticar, tragó y me explicó que se votaba por los militares o por la
democracia. —Yo voté por la democracia —dijo desafiante. Mi mamá calló. La tía
insistió en eso del voto secreto. No se habló más. Cuando terminé de comer,
salí y esperé a los otros. Había sol. Era el primer día de sol desde el
comienzo de la primavera, el quinto día de octubre de 1988. Salieron Patito,
Paula, Andrea y Daniel. Fingí jugar con normalidad. La última en aparecer fue Úrsula.
Le aparté y le pregunté qué estaba pasando, si había visto lo que yo.
—No vi nada —trató de reírse.
—No te creo —la confronté— dime o yo mismo
trato de averiguarlo.
—Ni se te ocurra —chistó. —Nosotros
tampoco sabemos. Hace unos días le aparecieron esos… no sé cómo llamarlos… esos
como dedos.
A pesar de la mueca de asco, sus ojos
seguían siendo pardos y lindos. Aún no terminaba de cuajar esta idea en mi
conciencia cuando Patito comenzó a gritar. Me alegré porque, al menos esta vez,
el causante del llanto era otro. Al mismo tiempo, me asusté porque los demás
niños desviaron la vista, se llevaron las manos a la boca como adultos asustados
y comenzaron también a llorar. Úrsula corrió donde Patito y lo abrazó. Lo
envidié dos segundos y entonces lo vi: le crecían dedos. La mano ausente
germinaba por fin. El vacío ya no era vacío. El monstruoso responsable del
miembro desaparecido retrocedía en sus designios y creaba una mano donde antes
había apenas dos verrugas. Digo mano por decir algo, porque desde el muñón a
Patito le brotaban unas carnosidades, unos callos, unas como ramitas de un árbol,
pero como las ramitas corruptas, débiles y frágiles de un árbol podrido. Patito
desgarraba el pasaje con gritos de dolor o de incomprensión, tal vez ambas. Sus
padres fueron los primeros en salir. Me miraron a mí con furia y luego a su
hijo con horror. Al enfrentarse con esa promesa o maldición de mano de
inmediato supieron que yo nada tenía que ver. Luego salieron los demás adultos.
Alguien ofreció llevarlos al Hospital. Muchos minutos después de que lo
subieran al auto y hubiese desaparecido a toda velocidad en él, todavía me
parecía escuchar los gritos desesperados de Patito inaugurando el sol tibio de
esa primavera. Niños y adultos entraron a las casas. Úrsula quiso quedarse a mi
lado y yo quedarme al lado suyo, pero su mamá la llamó. Ya era hora de entrarse.
Mi mamá me gritó lo mismo. Era momento de separarnos para siempre, aunque no lo
sabíamos. Entonces ella me preguntó:
—¿Te fijaste?
—¿En qué?
—Todos los adultos tenían los pulgares
morados…
—¿Sí?
—…menos los papás de Patito.
Medité unos segundos sobre qué podía
significar eso. O bien los padres de Patito no votaron ese día, o bien se cuidaron
de lavar sus manos con cuidado y esmero después hacerlo. Sin saberlo, miré a
Úrsula por última vez. Al otro día me iría a mi casa para siempre. Los tíos de
mi mamá se mudarían un par de meses después y jamás volvería a pisar ese pasaje.
—Hay que hablar de la mano —dije. Quise
sonar como si lo exigiera, pero soné como si lo solicitara. De saber que no
volvería a verla, habría dicho otra cosa más inteligente o más emotiva. Pero
dije eso: hay que hablar de la mano. Sin saber que así nos despedíamos,
mientras caminaba de vuelta a su casa, lo último que me dijo fue:
—Es una mano por lo menos.
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